La oración puede ser un grito - Alfa y Omega

El optimismo exige una insensibilidad. Es, aunque la sola imagen desagrade, una bizquera del espíritu. ¿Puede ser optimista quien considera la realidad en su amplitud? La vida desmiente a las primeras de cambio nuestra certeza. Lo que teníamos por trigo es en verdad cizaña; el dolor irrumpe como una detonación incluso en las familias más felices. ¿Todo va bien? También las vidas plenas se truncan algún día, casi siempre inesperado, casi siempre trágico. La mejor refutación del optimismo no es el pesimismo, sino el tanatorio. La cháchara del optimista se muestra ahí, entre paredes de un blanco gélido y trajes de luto, en toda su vanilocuencia. ¿Puede sobrevivir su credo al zarandeo de los justos, a merced de la vida como el junco de las tempestades? ¿Puede sobrevivir acaso a la muerte de los niños?

Los católicos, pese a las apariencias, no estamos vacunados contra este mal. Nuestra actitud ante el dolor es a menudo demasiado optimista. Ante el viudo, repetimos como una letanía que todo irá bien y que es preciso confiar en los planes de Dios. Le recordamos al mendigo, que se compadece a diario de sí mismo con una cantinela lastimera, que los designios del Señor son misteriosos pero benéficos. Nuestro consuelo es a veces un estallido de verborrea. Acallamos el grito con moralina. Sin pretenderlo, como si no pudiésemos resistirnos al espíritu del tiempo, nuestra réplica al dolor sordo, al drama desgarrador, es un optimismo de Mr. Wonderful, tan hiriente porque ignora la herida del mundo. Nuestra compasión constituye así una forma de crueldad. Insistimos en la bondad última de la existencia a quien ya ni siquiera puede percibir su significado. ¿No sería preferible unirnos como un coro trágico a su gemido?

Quizá, convencidos de que las lágrimas todo lo enturbian, desearíamos un sufrimiento más aseado, más higiénico, más piadoso, como el de quien sonríe ante la adversidad y cierra los ojos en la zozobra. La tristeza nos sugeriría una disconformidad con el plan divino. Entrevemos en la desolación los contornos de un reto. ¿No se subleva quien solloza? ¿No es irreverente quien clama? El creyente, piensa el optimista, debería acoger su destino con la feliz resignación del estoico, que nada llora porque a nada se ha apegado. Recuerda, así, la réplica del Señor de los Cielos y de la Tierra a la indignación desesperada de Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender. ¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabes acaso? ¿Quién tendió sobre ella la cuerda para medir? ¿Sobre qué fueron hundidos sus pilares o quién asentó su piedra angular, mientras los astros de la mañana cantaban a coro y aclamaban todos los hijos de Dios?». 

Pero también podríamos considerar el pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». ¿No constituyen las palabras de María un reproche? ¿No es su recriminación una sutil irreverencia? En realidad, percibimos en ella la lucidez de la que carece el optimista, que se embriaga con la ficción de un mundo sin desgarro y no comprende —¡no puede comprenderla!— la estructura dramática de la oración. La fe puede manifestarse como sosiego o como inquietud, como ataraxia o como desafío. ¿Acaso no cree en Dios quien lo interpela, aunque su interpelación sea intempestiva? Ninguna expresión más propia de la esperanza, de hecho, que la oración desesperada, pronunciada entre los escombros, o en medio del desierto, cuando el cadáver está ya frío, en una precariedad que vuelve ingenua e incluso escandalosa la plegaria. 

¿Puede ser la irreverencia una jaculatoria? ¿Puede el miserable pedirle cuentas al Altísimo? «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». En la noche oscura del alma, todo gemido es un grito de socorro. En el fondo de la súplica desolada, en el abismo de la oración desgarradora, vacila una luz como de tabernáculo. Los hombres más clarividentes la llaman esperanza.