¿Quién es escritor? - Alfa y Omega

Enrique García-Máiquez pronunció hace unos días un discurso sobre los escritores católicos. La cuestión es, no nos engañemos, peliaguda: ¿es autor católico apenas el que va a Misa, escriba lo que escriba? ¿Lo es solo aquel que consagra su tiempo a la apologética? ¿Y quien empapa su pluma en agua bendita? A Máiquez le habían pedido una definición, pero él optó por un decálogo. Lo filosófico habría sido desvelar una esencia, pero él se decantó por un enunciar unas leyes mínimas. En realidad, pese a todo, mostró una finura metafísica admirable. Al escritor católico lo define su obra. Podría decirse que, en su caso, el obrar precede al ser, la praxis a la condición. El título entraña un código de conducta; toda aristocracia exige un cumplimiento. Escritor católico es ante todo quien, en una humillación enaltecedora, reconoce su palabra como eco de la Palabra y escribe en consecuencia.

Enrique aclaró la cuestión de los escritores católicos, pero la duda permanece en lo que respecta a los escritores en general. Hace unos meses, un reconocido prosista desdeñó delante de mí a todos los que se dicen escritores sin serlo y, como si el universo entero estuviese escuchando su quejido, exigió algo más de rigor. El mismo que se confesaba mal lector hace unos meses se atreve hoy a firmar unas páginas y a encuadernarlas. Quien a duras penas, fatigosamente, ha leído un artículo de prensa decide escribir un libro un buen día. ¿Cómo no compartir la irritación de nuestro prosista precisamente en esta época, cuando menguan los lectores y proliferan los «autores»? Igual que uno no es jardinero por haber plantado un árbol frutal, igual que no es ebanista por haber pugnado con las piezas de un mueble de Ikea, tampoco es escritor por haber publicado un libro.

Sin embargo, el interrogante permanece. ¿A quién le está reservado el apelativo? Alberto Olmos aventuró una tesis hace años: solo es escritor quien puede vivir de escribir; apenas sería escritor el escritor de éxito. Pero el criterio cuantitativo parece insuficiente. Por desgracia, no siempre la fama sigue al arte y abundan quienes saben vender libros y sufren mucho cuando se trata de juntar palabras. Sería injusto negarle la condición a Azaña, a quien leyeron pocos, y concedérsela a Belén Esteban, que vende ejemplares por castigo. Léon Bloy malvivió pese a su genio. Algunos prosperan gracias a su mediocridad. ¿Acaso no es escritor el portento literario al que ningunean las editoriales? ¿Acaso no lo es el poeta que, herido por el desprecio del mundo, apoya la punta del revólver en su sien? El criterio cuantitativo yerra porque el término «escritor» no es aséptico: no constata un hecho; encomia una virtud. No es escritor quien escribe, sino quien escribe bien

Todavía nos falta algo, pese a todo. ¿Basta escribir bien en la intimidad del despacho, en la oscuridad húmeda del sótano? ¿Es escritor quien guarda su talento bajo siete llaves, en cajones polvorientos, a salvo del escrutinio de las masas? En realidad —lo descubrimos ahora—, solo lo es quien escribe y se expone al modo de los actores en el escenario, de los toreros en el ruedo. El apelativo concierne a la virtud, sí, pero a una virtud reconocida, elogiada, aplaudida. Es autor quien es aclamado como tal. Tan desatinado parece llamarse a uno mismo escritor como corregir al que nos lo llama. El término, horrísono cuando lo pronuncia uno para sí mismo, deviene grato cuando lo pronuncian otros. 

No basta, en cualquier caso, el criterio de los contemporáneos, falible y veleidoso. El escribiente comparece ante el tribunal común de las generaciones, de las presentes y de las futuras: a ellas les corresponde elevarlo a escritor o degradarlo a juntaletras. Quien escribe está abocado a morir en medio de la incertidumbre: ¿se reimprimirán sus libros o apenas dará nombre a un callejón con ratas? Toda vanidad se revela estéril. La fama bien podría ser solo el preámbulo del olvido; los focos, el deslumbrante preludio del polvo. El de escritor es un título concedido póstumamente, cuando se ha sobrevivido a la violencia del devenir y a la voracidad de los gusanos. A él no lo consagra el éxito, sino la historia. No hay, en rigor, más autores que los recordados.