Julián Barrio: Mirar al cielo, para que en la tierra brille la gloria de Dios - Alfa y Omega

Julián Barrio: Mirar al cielo, para que en la tierra brille la gloria de Dios

«La crisis puede ser ocasión para crear las condiciones de un nuevo estilo de vida», para volver a nuestras raíces cristianas y, de este modo, configurar un orden social más humano. Así lo cree el arzobispo de Santiago, que ayer presidió, en la catedral, la Eucaristía en la fiesta del Apóstol. Éstos son algunos fragmentos de su homilía, ilustrados con imágenes de la exposición, que recoge el libro-catálogo Ceremonial, fiesta y liturgia en la catedral de Santiago, realizada en el templo compostelano con motivo de su 800 aniversario

Redacción
Martillo de apertura de la Puerta Santa, de Fernando Mayer (año 2010).

La solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor, Patrono de España, nos anima a revitalizar la auténtica religiosidad y a recordar los valores del Evangelio transmitidos por el Apóstol, que han ido modelando la fisonomía espiritual y cultural de Europa, y que han de ser referencia ineludible a la hora de ser testigos del Dios vivo.

Para conocer la naturaleza de cada pueblo, decía san Agustín, hace falta mirar a las cosas que ama. Es momento de preguntarnos qué es lo que amamos en una cultura marcada por lo efímero y lo voluble, donde los vínculos son cada vez más superficiales, donde el individualismo hace vulnerables a las personas y donde se pretende que la vivencia religiosa quede marginada a lo estrictamente privado. Volver a Dios y regenerar la situación actual, son dos tareas en las que convergen la misión de la Iglesia y el empeño sanamente laico de una sociedad que no quiera ser una Babel. Hay que obedecer a Dios para volver de verdad al hombre, respondiendo a las grandes preguntas de éste, y mostrando la aportación de humanidad, de razón y de libertad, que ofrece la fe cristiana.

En las actuales circunstancias, sentimos intranquilidad ante la situación de tantas personas necesitadas espiritual y materialmente, y no debemos eludir la responsabilidad ante los graves problemas sociales que, más allá de los procesos y mecanismos estrictamente económicos, movidos a veces por una especulación inmoral, deben resolverse con un compromiso ético y moral. La voluntad de servir ha de ser la opción para no poner el beneficio económico por encima del bien de la persona humana, ni el éxito individual por encima de la solidaridad.

Pero todo esto será sólo un buen deseo, si no nos convertimos al Señor.

Una ocasión para volver a Cristo

En una visión reductiva de la persona humana, se nos hace creer que la felicidad se puede conseguir a través de la acumulación de bienes, que la libertad consiste en la satisfacción de todos los deseos, y que la vida social puede resultar de la conjugación de todos los intereses privados. En medio del desvalimiento económico, provocado por el desorden moral, el miedo condiciona los diferentes aspectos de nuestra vida, y la crisis está repercutiendo de manera dramática sobre personas y familias con menos posibilidades. La Iglesia, siempre atenta a lo que afecta al hombre, está ayudando con su acción caritativa y social, nos llama a recuperar la confianza en los valores como la sobriedad, el esfuerzo, la veracidad, la comprensión, la honestidad, el compromiso social, y la gratuidad, y nos indica que sólo Cristo es la respuesta a nuestras aspiraciones más profundas.

La crisis puede ser ocasión de una toma de conciencia saludable para crear las condiciones de un nuevo estilo de vida que se concreta en que todo lo que queramos que haga la gente con nosotros, lo hagamos nosotros a la gente (véase Mt 7, 12), mirando con confianza al futuro. Podemos hacer presente el amor de Cristo en el mundo. La actitud de Santiago y Juan, a partir del momento en que el Señor les pregunta: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?, y le responden: Podemos (Mt 20, 22), fue la de quien se pone en camino, teniendo fija la mirada en la ciudadanía del Cielo (véase Fil 3, 20). Dirigir nuestra mirada al cielo es posibilitar que en la tierra brille el reflejo de la gloria de Dios.

La vida interior de la catedral de Santiago

El excepcional carácter que ha conferido a la ca­tedral de Santiago ser meta de peregrinos y casa del Apóstol Santiago, tiene su reflejo en la vida cotidiana del templo a lo largo de su historia.

Los mejores ejemplos son los infinitos testimonios ar­tísticos, testigos de los acon­tecimientos a lo largo de los siglos, que han llegado hasta nuestros días.

Pero la huella indeleble de la Historia en Santiago de Compostela la han marcado los peregrinos que llegaban hasta allí, y todo el ritual que traían en la mochila, como culmen de un camino expia­torio que desembocó en la aparición de un ceremonial propio, textos y partituras, objetos y vestimentas con­cretas, y hasta las reformas de los espacios catedralicios. Una amplia representación se encuentra recogida en el catálogo Ceremonial, fiesta y liturgia en la catedral de Santiago, editado con moti­vo del VIII Centenario de la consagración de la catedral compostelana, en 1211.

Por ejemplo, era común que los fieles que peregrina­ban hicieran algún donativo al santuario: bien una limos­na para el mantenimiento del culto, bien algún objeto para los actos litúrgicos.

Un gran número de las piezas más significativas del relicario compostelano que se encuentra hoy en la catedral de Santiago, llegó de manos de los peregrinos arrepentidos, que expiaban sus pecados caminando por la tierra gallega.

Otro gran legado son los ritos heredados, como el abrazo al Apóstol, signifi­cativo reclamo del fin del Camino; o la contemplación del botafumeiro, suerte re­servada para los que acu­den al templo catedralicio de Santiago de Compostela coincidiendo con alguna fes­tividad, sobre todo si era la fiesta grande, la del Santo, que históricamente comen­zaba ya la víspera, el día 24 de julio, con una celebración religiosa y también otra ce­lebración lúdica, que incluía torneos caballeres­cos y lidia de toros.

Rosa Puga Davila
Cristina Sánchez