Hospitaleros: voluntarios «de oreja grande» que abrazan «de corazón a corazón» - Alfa y Omega

Hospitaleros: voluntarios «de oreja grande» que abrazan «de corazón a corazón»

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Momento de oración en el santuario de O Cebreiro.
Momento de oración en el santuario de O Cebreiro. Foto cedida por fray Paco Castro.

No es habitual encontrarse con gente que reserve los días de sus vacaciones para servir a otros. Es lo que hace Óscar Castañeda, a quien todos llaman Cachi, que con su mujer dedica cada año dos semanas enteras a hacer de hospitalero en el Camino de Santiago

Desde el albergue de Logroño, que gestiona estos días en los que España celebra la fiesta de su patrón, cuenta que «para ser hospitalero antes tienes que haber sido peregrino. Solo de este modo entiendes lo que es la hospitalidad». Así, explica que peregrinar a Compostela «me ha dado paz», algo vital para él, que el resto del año trabaja como vigilante de seguridad, «con un estrés constante», en la localidad barcelonesa de Hospitalet —«pura coincidencia», ríe—.

Cachi toma los datos de varios peregrinos en Logroño.
Cachi toma los datos de varios peregrinos en Logroño. Foto cedida por Óscar Castañeda.

Cachi lleva muchos años vinculado al Camino, en los últimos sirviendo además como hospitalero. Durante estos días en Logroño, su jornada empieza muy pronto: se levanta bastante antes de que salga el sol y empieza a despedir a los peregrinos que dejan el albergue. Cuando ya todos están fuera, acondiciona las habitaciones y el patio común, recoge los tendederos, limpia los baños —«importantísimo», matiza—, ordena la cocina, compra la comida… A partir de la una de la tarde, abre de nuevo el albergue y recibe a los caminantes que van llegando; y así hasta bien entrada la noche. «Es también un estrés, pero un estrés que mola muchísimo», ríe. 

Para Cachi, la acogida en un lugar así no se limita a tomar los datos a quienes llegan al albergue. «Lo primero es darles un abrazo, porque un abrazo de hospitalero a peregrino no es un abrazo normal, es de corazón a corazón», explica. Las horas que siguen varían según sean las personas, pero Cachi se muestra siempre abierto a hablar. El hospitalero «ha de tener una oreja muy grande, para escuchar bien al otro ese rato en que coincidís en la vida». Al cabo de esas pocas horas en el albergue, uno sigue su andadura y el otro se queda atrás, «pero tú ya formas parte de su camino para siempre», atestigua. 

Una crema de calabacín

Casi 300 kilómetros al suroeste, en Puente Duero (Valladolid), por donde pasa el Camino de Madrid, hablamos con José María Llovet, también peregrino antes de ser hospitalero. En su caso, una intervención de cadera le hizo participar de la experiencia de otra manera. «Yo quería estar unido a la flecha amarilla y encontré esta vía. Es una manera de darle al Camino algo que antes me ha dado a mí», dice. 

Para él, la hospitalidad significa «acoger, dar, ofrecer, acompañar, entregar e informar». Todo verbos, pero también sujetos, y muy concretos, como los que se acaba de encontrar antes de nuestra conversación: dos chicos en la calle esperando a que abran el albergue. «Yo no soy capaz de ver a dos peregrinos tirados en el suelo, así que les he abierto y los he invitado a entrar», cuenta. 

Desayuno común en el albergue de Puente Duero.
Desayuno común en el albergue de Puente Duero. Foto cedida por José María Llovet.

También menciona a una chica finlandesa a la que acababan de robar la mochila: «No podía dejar de llorar. La abracé, la tranquilicé, le di de cenar, la acompañé a comisaría y a comprar algunas cosas. Al final hicimos una amistad tremenda, algo que a mí se me va a quedar toda la vida». 

En octubre vuelve a ser hospitalero y ya está pensando en las cremas de calabacín que les va a hacer a los peregrinos: «Les meteré un leñazo de espárragos o de macarrones, porque nunca sabes cuántos te van a llegar, y chorizo criollo, que eso les encanta», dice con humor. 

Abiertos a la escucha

Los peregrinos de Logroño y los de Puente Duero en algún momento llegan a O Cebreiro, donde les espera fray Paco Castro, un franciscano de la comunidad religiosa encargada del santuario de Santa María la Real, entrando ya en Galicia. En la aldea hay varios albergues, por lo que los franciscanos realizan aquí «una tarea de acogida en un sentido más espiritual», cuenta. Ello se concreta, por ejemplo, en la Misa vespertina, que concluye con los mismos peregrinos bendiciéndose unos a otros, un gesto «que lleva a muchos a emocionarse». 

Durante el día el santuario está abierto, «como un lugar de paz», dice fray Paco. En esas horas, la comunidad se ofrece sobre todo a la escucha, «porque hay gente que viene con mucha herida. Los peregrinos traen a veces cargas y sufrimientos y necesitan un espacio de paz para poder sanarse». 

José María con uno de los peregrinos que ha acogido.
José María con uno de los peregrinos que ha acogido. Foto cedida por José María Llovet.

Por este motivo, también es posible encontrarse con Jesús en la peregrinación: «De hecho, sé de experiencias de transformación tan grandes que podría hablar de conversiones», atestigua el religioso. Así, «es evidente que Jesús de Nazaret a día de hoy todavía tiene mucho que decir. Mi experiencia personal es que lo cristiano, que al final es una experiencia de amor y de acogida, sigue tocando el corazón en el Camino».