Ha dicho hace poco el Papa Francisco que la Iglesia es un hospital de campaña. Y que así como en ese tipo de hospitales los médicos no están para ver si los enfermos tienen colesterol, sino para cerrar las brechas abiertas en las cabezas o para recomponer los miembros rotos, en la Iglesia hemos de restañar la sangre de las heridas del campo de batalla. Eso es lo urgente y lo primero. Cuando los enfermos estén curados de sus lesiones en combate, entonces será el momento de preocuparse de los triglicéridos.

La idea es muy clara, pero ya ha habido quienes se han encargado de tergiversarla. Nada de qué sorprenderse: ya sucedió con el Concilio Vaticano II, que hubo muchos que lo entendieron al revés y pusieron lo espiritual al servicio de lo temporal y quisieron poner la religión al servicio de la política. Y también malentendieron a Juan Pablo II, y trataron de convertir a un gran catequista en un agitador de masas. Y no menos a Benedicto XVI, al que proclamaban teólogo ultraconservador y retrogrado cuando se esforzaba en sentar las bases doctrinales de la fe, sin las que ésta no es sino credulidad y cobardía.

El campo de batalla, según aseguran estos autorizados intérpretes, es la Curia romana, el Vaticano, los obispos y las Órdenes religiosas. No. No es eso lo que ha dicho el Papa. Lo que no quiere decirse que no haya defectos en la Curia. ¿No los va a haber? ¿No los hubo en el Colegio apostólico? ¿Es que no somos hombres, y pecadores, y débiles, y tentables y caíbles? ¿No ha dicho el Papa que él mismo es un pecador en el que se ha detenido la mirada del Señor? La Curia romana ha sido reformada muchas veces, porque todo envejece y se anquilosa, y los defectos de muchos hombres, también de muchos prelados, resultan pegajosos y hay que saber limpiarlos cada cierto tiempo. Vale. Pero los que creen que ellos son el hospital, y la Iglesia el campo de batalla, están entendiendo las cosas al revés.

El Papa sabe que vivimos en una sociedad profundamente secularizada. Sabe que estamos rodeados de materialismo, de olvido de Dios, de egoísmo insolidario, de sexualidad corrompida, de adoración a la riqueza y al poder, de una ausencia de religiosidad que animaliza al hombre. Ésas son las heridas, ésas son las víctimas de la batalla que el infierno -llamemos a las cosas por su nombre- está empeñado en librar. A ésos quiere el Papa salir a socorrerlos.

Para cerrar esas heridas, que han convertido al mundo de hoy en un desastrado campo de batalla en el que yace tanta gente perdida en la lejanía de Dios, convoca Francisco a toda la Iglesia. Para que los hombres recuperen la fe y la esperanza y la caridad. Por eso llama a la Iglesia hospital de campaña, no campo de batalla. Por eso quiere el Papa que nosotros, siendo pecadores, nos llenemos del Espíritu Santo, para salir a recoger heridos en el mundo que nos rodea. Ya él arreglará la Curia, que no es lo que peor está, aunque resalte mucho. Ésa es tarea suya, y nos pide que, como la Iglesia que somos, realicemos nosotros la nuestra.

Alberto de la Hera