Hay quienes agitan el espantajo del comunismo anunciándonos que viene de nuevo a abolir la religión, la familia y la propiedad. Pero esto ya lo ha hecho el capitalismo: vació las iglesias y llenó los centros comerciales; mandó a los viejos a las residencias; enfrentó a las generaciones; instigó la competencia entre los sexos. Nos hace comportarnos como chacales con nuestros compañeros y como gusanos con nuestro jefe; retuitear exabruptos; abastecernos de porno; divorciarnos, amancebarnos y volvernos a casar; amuermarnos frente al televisor…

El capitalismo nos trajo una vida abyecta, clausurada a Dios, huérfana de amores duraderos. Arrasó todas nuestras tradiciones y nuestra lúcida manera de entender el paso por este valle de lágrimas, con los pies afianzados en la tierra y la vista clavada en el cielo.