Una crítica auténticamente católica ha de ser una crítica valerosa

Naturalmente, es legítimo criticar al Papa (a este Papa o a cualquier otro); y para el católico puede ser incluso una obligación moral. Chesterton nos decía que, al entrar en la Iglesia, debemos quitarnos el sombrero, pero nunca la cabeza; y aunque nuestro oficialismo católico sea tan sombrerista (quiero decir, zalamero de mitras y solideos) como descabezado, un católico consciente no puede incurrir en el eunuquismo papólatra. Pero una crítica auténticamente católica ha de ser una crítica valerosa, que no se conforme con poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias, como hace el católico ideologizado. Así, por ejemplo, es legítimo criticar a un Papa por efectuar una recepción acrítica del legado luterano; pero es desleal ocultar que esa misma recepción la han hecho Papas anteriores, en una perfecta (permítasenos el empleo jocoso de la expresión) «hermenéutica de la continuidad». Incluso la candente cuestión de la comunión de los divorciados, que un documento sinodal reciente parece admitir brumosamente en especiales circunstancias, no se puede abordar sin señalar antes la desacralización paulatina del sacramento de la Eucaristía perpetrada durante décadas, sin referirse a esas colas multitudinarias de comulgantes que contrastan de modo estremecedor con los confesonarios vacíos. Y toda esa gente que comulga a la ligera no lo hace por culpa de Francisco. Todos hemos visto comulgar de manos de obispos, en misas de mucho ringorrango, a políticos que financian abortos y a magnates que oprimen a los pobres (¡gentes, en fin, de conciencia mucho más sucia que un pobre divorciado!); y antes y después de comulgar siguieron perpetrando sus fechorías sin inmutarse. Si estas comuniones no provocaban durante papados anteriores ningún escándalo, hemos de concluir que en el escándalo que ahora se suscita hay algo más que celo por los sacramentos. Y ese «algo» más es la levadura infernal de la ideología.

Una crítica auténticamente católica se hace con el sombrero entre las manos y la cabeza sobre los hombros; y se enfrenta sin miedo a las causas profundas, no a consecuencias concretas y tal vez veniales. Y, enfrentándose a las causas profundas, tendrá también que criticar papados anteriores, concilios eclesiásticos, corrientes teológicas, filosóficas y pastorales que no ha inventado Francisco. Y cuando falte esa crítica abarcadora, cuando a Francisco se le critique sin considerar las causas profundas, hemos de concluir que nos hallamos ante una crítica ideológica, travestida de catolicismo pompier, que se sirve de estas cuestiones sensibles para deslizar su mercancía averiada. Porque la finalidad de esta crítica ideológica, más allá del aspaviento pompier, es descalificar pronunciamientos plenamente católicos del Papa, haciendo creer a los católicos desprevenidos que son pronunciamientos izquierdistas. Al Papa se le denigra desde el mundo neocón por denunciar la «dictadura económica mundial» (o sea, el «imperialismo internacional del dinero» denunciado por Pío XI). Al Papa se le denigra desde la derecha identitaria por denunciar «los muros que encierran a unos y destierran a otros» (o sea, por vindicar lo que Pío XII, más explícitamente, designó «el derecho a emigrar y ser acogidos»). Al Papa se le denigra desde ámbitos neoliberales por fustigar la «economía del descarte» propia de las formas depravadas del capitalismo (o sea, esos «fenómenos de alienación humana» propiciados por «una ideología radical de tipo capitalista» que también fustigase Juan Pablo II). Son críticas que encubren turbias razones ideológicas; y muchos católicos desprevenidos están cayendo en sus redes. (Concluirá)

Juan Manuel de Prada/ABC