Nacidos para servir, no para dominar

La cultura del poder acompaña la vida de la humanidad. La gran pregunta que debemos hacernos es hasta qué punto está presente en la vida de la Iglesia. Los cristianos creemos en aquel que está en medio de nosotros como el que sirve. De ahí la necesidad de mantener distancia con el poder para no alejarnos del Maestro.

La alegría de encontrarse

Entre los cardenales presentes en Roma en estos días se percibe un clima de alegría, que nace del hecho de encontrarse, de poder intercambiar lo que viven y explicitar la comunión, algo que siempre es excelente en palabras de alguno de ellos. Los purpurados perciben en las reflexiones, que han ganado en profundidad con el paso de las sesiones, una oportunidad para discernir el camino para mejor servir, para construir un mundo que sea imagen del Reino de Dios.

Es interesante la reflexión del prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, cardenal Víctor Manuel Fernández, en la que analiza la vida social y política. En sus palabras ante los cardenales reunidos en el Aula Pablo VI, hacía un análisis sobre el modo de relacionarse en el que está presente «el recurso constante a la descalificación, a veces desenfrenada, de quienes piensan de forma diferente, junto con la difusión permanente de falsedades de las que nadie parece responder».

Poco a poco, las informaciones falsas se imponen, todavía más si son repetidas constantemente y divulgadas de modo diverso. Se instala la cultura de que todo nos da igual y la desinformación avanza hasta «la ridiculización del adversario y a la construcción sistemática de miedos y resentimientos». Hemos llegado a un punto en el que la paz y el diálogo son vistos como «posiciones utópicas o irracionales».

Proclamar la dignidad humana

Ante el otro, sea un país o una persona, reaccionamos dependiendo de la conveniencia, independientemente de sus actos. La enseñanza de la Iglesia hace ver su postura: proclamar la dignidad humana en cualquier circunstancia. Ese es el camino para generar confianza y respeto. Se trata de alimentar la cultura de la fraternidad y el bien común frente a la cultura del poder, una disyuntiva no fácil de asumir, pero que es clave para ser fieles al Evangelio.

El Papa era explicito en ese sentido en la Misa con la que se inició el Consistorio. Los servicios eclesiales son buenos y gratificantes si parten de la unidad con Cristo y tienen como criterio el bien común. Una línea de pensamiento irrenunciable para quien pide cada día en la oración que venga a nosotros el Reino de Dios.

Es de particular importancia la forma en el que el actual pontífice entiende su ministerio petrino, que ve en sí mismo «a quien pide, no a quien manda». Todavía más, y esto supone una actitud que trastoca el modo de posicionarse en la Iglesia: «la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro». Seas quien seas, inclusive el Papa, si estás dispuesto a escuchar, a situarte en un plano inferior, o al menos similar, nunca serás capaz de guiar. Al mismo tiempo, quien nunca quiso aprender, de ningún modo conseguirá enseñar.