Hay gestos cotidianos que pasan desapercibidos. Acciones inocentes que perpetúan esclavitudes centenarias. Detrás del aroma del café, del sabor del mejor chocolate amargo, o del dorado cristalino del té de Ceilán, hay millones de trabajadores en condiciones infrahumanas.

En 1844 la esclavitud fue abolida en Sri Lanka. En 2020, las tataranietas de los trabajadores indios que, forzados por los británicos llegaron para trabajar en las plantaciones de té, se dejan la sangre y la vida por unas miserables rupias. Las sanguijuelas y el hambre, que abundan en las plantaciones, hacen de los cuerpos de la recolectoras continuaciones perfectamente simbióticas de los arbustos que les proporcionan el sustento. Sus cuellos, fuertes como troncos, concentran la fuerza para acarrear los sacos donde cargan una media de 20 kilos de hojas de té. Solo Dios, las compañeras y las montañas donde trabajan son testigos de los tratos vejatorios que frecuentemente sufren por parte de los encargados, siempre varones. Trabajando a destajo, enfermedades, lluvias torrenciales y fiestas de guardar, hacen muy difícil llegar a fin de mes. El jornal de ocho horas no alcanza las 600 rupias esrilanquesas (poco más de tres euros), el kilo de arroz cuesta 100 y el de tomates pasa de 350. Un paquete de té en España, con 25 bolsitas, que no alcanza los 50 gramos, cuesta una media de 1,5 euros.

Shalini, una de nuestras alumnas, es hija de una recolectora. Es bastante tímida, responsable y trabajadora. Sueña con ser médico algún día «para ayudar a la gente y curarlos sin que tengan que pagar mucho». No va a ser fácil para la hija de una tea plucker alcanzar un sueño así. Llegue donde llegue tiene claro dónde no quiere estar: «Si no puedo ser médico, me iré al extranjero; allí hay siempre mejores oportunidades que en las plantaciones».

En este mes de febrero el Papa nos invita a escuchar los gritos de los migrantes y nos recuerda que hay dinero sucio, manchado de sangre. Escuchemos también a las jóvenes como Shalini que sueñan un futuro donde los empobrecidos puedan ser protagonistas al servicio de la sociedad.

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka