La autosuficiencia nos aleja de Dios, de los otros y de nosotros mismos. De nada sirve la inteligencia humana si se convierte en un proyecto de autosuficiencia, como hacía ver el arzobispo de Johannesburgo, cardenal Stephen Brislin, a los participantes del Consistorio que se está celebrando en el Vaticano. Frente a ello reflexionaba sobre el camino opuesto: «la inteligencia humana, puesta al servicio de Dios, manifiesta la forma más elevada de construir».
Favorecer nuevas relaciones
Más que la inteligencia artificial en sí, lo decisivo es la forma de vida que contribuyen a generar los medios técnicos de los que la humanidad dispone. En concreto, «si las posibilidades abiertas por la innovación favorecen relaciones más justas, instituciones más atentas a la persona y un futuro verdaderamente compartido», reflexionaba el cardenal Brislin.
El desafío siempre es edificar juntos, «una respuesta a la tentación de promover un progreso tecnológico que se justifica por sí mismo y, al mismo tiempo, como un dique de contención frente a sus posibles efectos disgregadores». Un modo de enfrentar la vida que, en un plano creyente, remite a la sinodalidad como camino para «edificar juntos en cuanto Iglesia», como «la expresión visible y concreta de la comunión de la que nace y crece la Iglesia» y «estilo concreto de presencia, escucha y corresponsabilidad».
Magnifica humanitas nos lleva a reflexionar sobre conceptos claves. Uno de ellos es el de felicidad, no como «una vida más cómoda y menos expuesta al sufrimiento», sino como algo que remite a «la relación con Dios, con los demás y con la Casa común». Lo mismo sucede con el concepto de límite, que lleva a valorar todas las vidas, también las que se ven limitadas por diversos motivos, y el concepto de corresponsabilidad valiente, que requiere criterios de discernimiento.
El Verbo asume la fragilidad
La encíclica conduce, según el arzobispo de Johannesburgo, a la forma teologal de la existencia cristiana, en la que «la fe educa la mirada, la caridad genera comunión y la esperanza sostiene la construcción de la civilización del amor». A partir de ahí, «el Verbo asume la condición humana, entra en la carne frágil de la humanidad y la transforma en lugar de salvación», algo que dista en gran medida de la autosuficiencia.
De hecho, «la caridad encuentra su fuente sacramental en la Eucaristía», señalaba Brislin. Una idea presente en la reflexión de León XIV en su reciente viaje a España y que nos remite a la sinodalidad, al construir juntos, dado que «el Cuerpo de Cristo, entregado por la vida del mundo, engendra a la Iglesia como cuerpo llamado a la comunión». Hasta el punto de afirmar que «la comunión eucarística configura así el modo cristiano de habitar la historia, educándonos para reconocer al otro como hermano, para llevar su carga y para compartir con él la responsabilidad de la obra común». El camino de la Iglesia hoy sería un método sinodal, arraigado en las virtudes teologales y orientado al servicio de la persona.