De lejos, el Papa convence; de cerca, el efecto es arrollador. Se ha revelado como un portento comunicativo, que conecta con los fieles y tiende puentes con los alejados, pero siempre remitiendo a Otro

«Roma no es Madrid. Hay otra sensibilidad, otra cultura, menos ideología y menos trincheras. Pero los corresponsales vaticanos confirman que es del todo excepcional un auditorio de periodistas puesto en pie aplaudiendo, entregado, al Papa. Más de uno se emocionó el sábado, durante la audiencia.

«Estado de gracia para el nuevo Papa», titula el semanario francés La Vie, al comentar la acogida de la prensa. «Francisco es el líder que necesitamos», es el sorprendente título de un artículo de Lucía Méndez en El Mundo, botón de muestra de un auténtico fenómeno mediático.

Y si desde lejos el Papa convence, de cerca, el efecto es arrollador. Fue lo que dijo en el Aula Pablo VI, y también cómo lo dijo, estableciendo una desarmante complicidad, en primer lugar agradeciendo de corazón el esfuerzo de los profesionales de la comunicación («Habéis trabajado, ¿eh?, habéis trabajado»).

La hermenéutica del Cónclave

No había sido fácil la relación del Vaticano con la prensa durante el Cónclave, ni en las semanas transcurridas desde la renuncia de Benedicto XVI. Se han dicho y escrito muchas cosas que no hacen justicia la realidad de la Iglesia. Y el Papa Francisco aprovechó la audiencia del sábado para explicar a los periodistas que «los acontecimientos eclesiales no son ciertamente más complejos que los políticos o económicos, pero tienen una característica de fondo peculiar: responden a una lógica que no es principalmente la de las categorías, por así decirlo, mundanas».

Escribía, el domingo, Pablo Ordaz en El País: «O la Iglesia ha elegido a un gran Papa, o Hollywood se ha perdido a un grandísimo actor. De esos que, aunque el guión sea pésimo y la trama inverosímil, terminan poniéndole al personal un nudo en la garganta. Ayer, Francisco se reunió con muchos de los 6.000 periodistas acreditados para el Cónclave y, además de ofrecerles unos cuantos titulares, los hizo reír, desveló una significativa anécdota de su elección, señaló los tres principales ingredientes de una buena crónica –verdad, bondad y belleza– y, finalmente, hizo algo que sorprende en un Papa: fundir en un mismo abrazo a quienes creen en Dios y a quienes no».

Seguramente, pasará el idilio con la prensa. También Juan Pablo II sedujo, y luego le atacaron sin piedad. Pero lo que es ya indudable es que Jorge Bergoglio tiene «una capacidad comunicativa innata» con la gente, «un estilo sobrio, simple, seco pero extremadamente eficaz», comenta, a Radio Vaticano, el Director de La Civilittà Cattolica, la revista de los jesuitas cuyos contenidos supervisa la Secretaría de Estado vaticana. «Sus frases son breves, rítmicas pero muy bellas», dice el padre Antonio Spadaro. Francisco hace que la atención se focalice en «lo que dicen sus frases, pero, al mismo tiempo», las pronuncia «con un acento muy dulce, como es típico de los argentinos». Y «crea un contacto directo con quien escucha; todos los que nos encontrábamos allí», en el Aula Pablo VI, «toda la sala parecía estar convencida de que este diálogo es verdadero». También los alejados, signo tal vez -dice Spadaro- de que una de las misiones del Pontífice es «crear puentes» con el mundo para «encontrarse con los hombres vivos en la calle, también en las calles digitales».

Un lenguaje que la gente comprende

Monseñor Claudio Maria Celli, Presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, cree que el secreto del éxito es la atención a la persona o al auditorio que el Papa tiene enfrente. Se implica personalmente en el diálogo, «y expresa esta implicación a través de gestos simples, en un lenguaje que la gente comprende perfectamente. La segunda cosa que se hace notar es su espiritualidad. Simplicidad y espontaneidad en el trato humano, unidas a su profunda espiritualidad», sintetiza Celli en una entrevista al diario Avvenire. Y está, claro, «la gesticulación latinoamericana», que humaniza la comunicación.

Pero Francisco no es un actor, ni su trabajo es buscar el aplauso, sino remitir a Cristo. Monseñor Dario Viganò, director del Centro Televisivo Vaticano, ha destacado que el Papa «enseña mucho con los gestos». Desde el primer minuto conectó con los fieles. Se presentó en la Plaza de San Pedro con la esencialidad de la sotana blanca y con los brazos extendidos a un lado, como un hombre indefenso y simple. Pero todo esto, paradójicamente, le ha conferido un estilo hierático que predispone a todos a acoger sus palabras con una apertura especial».

Fue impresionante el silencio en la Plaza de San Pedro, en el primer encuentro del Papa con los fieles, cuando Francisco puso a la gente a rezar por él. Los cardenales, desde la logia lateral, no entendían lo que pasaba, porque los altavoces apuntaban en sentido contrario. Miraron sorprendidos a la gente en silencio, contó el domingo el cardenal Angelo Comastri. «Al salir, le pregunté al primero que pasó, creo que un operador del Centro Televisivo Vaticano, y me dijo: ¿Sabe lo que sucedió? El Papa le pidió a la gente que rezara por él, y se agachó para recibir la oración. Yo sentí el perfume de Belén, del Evangelio, y dos lágrimas me bajaron de los ojos. Y a mí, que no me conmuevo fácilmente, también me cayeron lágrimas de los míos».

R. B.
Enviado especial