Jesús, ensangrentado en Sri Lanka

Ricardo Benjumea
Foto: CNS

La Semana Santa es habitualmente un período de alto riesgo para los cristianos en muchos lugares del mundo. Este año ha sido Sri Lanka, pero en la Pascua de 2016 la matanza fue en Pakistán, y en la de 2012, en Nigeria. Entre medias, en 2017, el Estado Islámico asesinó a 53 personas en los atentados contra dos iglesias en Egipto, a solo 20 días de la histórica visita del Papa Francisco, que simbolizó la voluntad de la inmensa mayoría de musulmanes y cristianos de convivir pacíficamente, frente a quienes secuestran el nombre de Dios con otros intereses.

En Sri Lanka, los cristianos suponen una pequeña minoría de poco más del 7 % de la población, donde la mayoría budista (70 %) y la población hinduista (13 %) y musulmana (alrededor del 10 %) arrastran una larga lista de agravios unas frente a otras en un país que acaba de salir de un conflicto territorial y étnico de más de 25 años (1983-2009). El atentado del Domingo de Resurrección hizo revivir los ataques suicidas de la guerrilla de los Tigres Tamiles, y sobre todo temer un nuevo estallido de la violencia sectaria, esta vez con pretextos religiosos. Por este motivo el Gobierno se apresuró a restringir el acceso a las redes sociales, después de que grupos budistas radicales utilizaran estos sucesos para arremeter contra los musulmanes.

La conmoción por los atentados marcó la celebración de la Pascua en Roma, mientras el trágico recuento de fallecidos iba poco a poco dejando constancia de la magnitud de la matanza. El Papa manifestó su «afectuosa cercanía a la comunidad cristiana, golpeada mientras estaba reunida en oración, y a todas las víctimas de una violencia tan cruel». Y pidió al resto del mundo que no dude «en ofrecer toda la ayuda necesaria a esta querida nación», visitada por el propio Francisco en 2015. Ayuda, tal vez, de carácter económico. Pero también de tipo político o incluso moral. «Espero que todos condenen estos actos terroristas, actos inhumanos, jamás justificables», añadió el Pontífice con unas palabras cargadas de intención que buscaban desactivar una escalada potencial de violencia en la región, donde siguen abiertos otros conflictos entre budistas y musulmanes, particularmente en la antigua Birmania, otro de los países de Asia que estratégicamente ha visitado el Papa.

En todas estas sociedades la minoría cristiana representa un actor de gran importancia. Pero no por sus conexiones con los cristianos de Occidente, como macabramente razonan los terroristas. Es su fe martirial e inquebrantable en la Resurrección de Jesús, a prueba de atentados y persecuciones, la que sostiene todos sus anhelos de un futuro en paz. Una fe en un Jesús que, como el encontrado tras el ataque a la iglesia de San Sebastián de Negombo, se erige como Esperanza en medio de la violencia.