Esperemos que este discurso sea fuente de inspiración - Alfa y Omega

La visita del Papa ha estado presidida por un manantial de discursos, todos ellos extraordinarios, comenzando por el pronunciado a los pocos minutos de aterrizar en Madrid, en el Palacio Real. No fue este un mero discurso introductorio de su viaje en el que se limitaba a dar las gracias; fue un discurso de calado que marcó la pauta del resto de intervenciones. Pero, de entre todos ellos, hay uno que bien puede alcanzar el calificativo de ser «el discurso», tanto por el lugar en el que se enunció, en la mesa presidencial de las Cortes Generales, en la sede del Congreso de los Diputados, como por el contenido del mismo. 

Aunque sabíamos que la aventura no era sencilla, todo se fue posicionando a favor desde los primeros lances: los servicios de la Cámara, a través de su Secretaría General, pusieron todo su magno empeño y buen hacer en lo que resultó siendo un éxito organizativo; y los diputados y senadores, de un lado y otro del espectro ideológico —sin que sea menester destacar algún gesto anecdótico—, mostraron un máximo respeto, empezando por la armonía en sus atuendos de colores sobrios que dominaba en todo el hemiciclo, y terminando por esa unánime e histórica ovación de varios minutos. 

Y con ese mismo respeto recíproco se presentó el Santo Padre en las Cortes Generales. La naturaleza de su discurso la fijó en sus primeras palabras al señalar que las pronunciaba como Obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los obispos y de los fieles coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados. Se dirigió a la más alta sede de la vida pública respetando siempre la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar y de ordenar jurídicamente la sociedad española, sin invadir competencias ni sustituir voluntades. El discurso del Papa es una magna reflexión nacida, como el mismo dijo, del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia frente a los tiempos que vivimos caracterizados por la fragmentación, la polarización o la desconfianza. 

Tomando como referencia el legado de la Escuela salmantina, el Pontífice puso en valor uno de los más grandes patrimonios de la cristiandad, el valor de la palabra, en cuanto fundamento último de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa. Y sobre la base de todo ello les lanzó una pregunta a sus señorías en forma de reflexión: qué concepción de la persona humana inspiran las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes. 

Esperemos que el discurso pronunciado por León XIV, y mayoritariamente ensalzado y celebrado, sea fuente de inspiración y sirva para promover verdaderos caminos de encuentro, negociación y entendimiento para el futuro de nuestra sociedad española.