León XIV pide a la Iglesia en España ser «testimonio de unidad en la pluralidad» frente a la polarización
Acoger y responder a la sed de sentido en un mundo secularizado, ofrecer en la relación con la sociedad «el amor de Dios», la unificación de seminarios, la integración de los laicos en la gestión de obras, lograr «caminos reales de sanación» para las víctimas de abusos y la búsqueda de «nuevos caminos de evangelización»
Poco después de dirigirse al Parlamento español en el Congreso de los Diputados, el Papa León XIV ha pedido a la Iglesia, «en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad». Lo ha hecho en su discurso a los obispos en la sede de la Conferencia Episcopal Española.
Esta comunión surge de la conciencia de que la Iglesia camina en compañía del Señor, «como miembros de un solo cuerpo». Esta comunión posee «fuerza misionera», ha agregado. «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad» a otros cristianos, otras religiones, a los no creyentes, a las autoridades civiles y a todos los que trabajan por el bien común.
Los obispos, ha añadido, tienen la «responsabilidad peculiar» de «ser principio visible de comunión». «Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado».
La Iglesia también se mueve hoy en un mundo secularizado, ha admitido el Santo Padre. León XIV ha reconocido, con todo, que muchas personas hoy «no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza». La Iglesia está llamada a «reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer» a Jesucristo.
Una oportunidad para ello es la colaboración con otras instituciones y la prestación de ayuda material, educación, asistencia o promoción humana. En esos momentos «la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras».
No centrarse en «la conservación de estructuras»
En sus palabras, el Pontífice ha ido desgranando otros desafíos a los que se enfrenta la Iglesia hoy. Ha recordado a los obispos que «la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación». Así, por ejemplo, para que los seminaristas tengan la mejor formación posible, hace falta una «adecuada experiencia de vida comunitaria», formadores «totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual», y centros de teología con los medios necesarios. Ello implica «además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos».
El Santo Padre ha aludido también a la implicación de colaboradores laicos en la gestión de obras tradicionalmente gestionadas por religiosos. Una dificultad que puede ser vivida como una oportunidad. «De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión».

Sobre la realidad de los abusos, que ha definido como una «plaga», ha subrayado que «la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación».
Otra realidad social y eclesial de hoy es «la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas». Por ello, «la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números». Nace «de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande».
¿Qué dejar y qué conservar?
El Santo Padre ha presentado su intervención como unas palabras que «puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano». Así, ha valorado cómo este «diálogo fecundo» desde la sinodalidad se ha vivido en los últimos años a través de los congresos Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión.
Además, ha hilado sus reflexiones en torno a la imagen de un viaje «en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada». Así, al emprenderlo, se debe «conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita».
En esa metafórica maleta, entra «el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona», como la belleza que «llega hasta el no creyente» o vínculos de identidad que permanecen «incluso en los momentos en que su fe vacila».

Este patrimonio, además, debe ser «siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino», para superar una de las dificultades de los viajes: las dificultades de comunicación por las diferencias de lengua y cultura, «la desconfianza hacia lo desconocido» o «las rencillas e incomprensiones» incluso entre cercanos. Esto puede afectar a la evangelización, «la acogida del otro», la «capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo» o cómo «activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad».
No puede faltar además «el Pan de la Palabra y de la Eucaristía». «No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material».
Aprender de la evangelización de América
En cuanto a los paisajes que se atraviesan, el Pontífice ha señalado metafóricamente dos: las «inmensas planicies castellanas», donde solo hay personas mayores y trabajadores extranjeros, y las grandes ciudades, donde «el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos».
Ha comparado la primera realidad con cuando en el pasado «la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada». Entonces «surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América», de la mano de santos como Hernando de Talavera, en Granada, o Toribio de Mogrovejo, en América. Se basaban en el «diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes», y hoy «pueden ayudarnos».
Uno de sus puntos esenciales es, en primer lugar, «la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no solo para comprender, sino para compartir» y «aportando cada uno su granito de arena». Esto implica «comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino».
«El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe». En las realidades similares a ciudades, con el silencio y la lejanía íntimos, «las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza».