Para variar había vuelto a discutir con un compañero. Le busqué en el patio, escuché su versión, admitió que había hecho lo que no debía haber hecho y nos sentamos a hablar. Que si ya sabes que no hay que actuar así, que las cosas se hablan, que si pegas luego te pegan y así no se acaba nunca… Y al final, al ver que atendía a todo menos a lo que le decía, le lancé la pregunta del millón: «Santi, ¿a ti qué te duele?» Me miró fijamente durante varios segundos. «Nada, no me duele nada», me dijo. «Por dentro, Santi, ¿qué te molesta, te fastidia, te da rabia…?» Se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas y entendí que había conectado realmente con él. «Mi madre nunca está en casa y yo estoy todo el día solo».

Santi, que no se llama Santi, tiene solo nueve años y ya va solo a su casa. Para ser sinceros, va solo a su habitación, la suya y la de su madre, que está en una casa donde vive mucha más gente. En esa habitación Santi a veces asume responsabilidades de adulto. Quizá por eso en el colegio necesita sentirse más niño que en otro lugar, unas veces discutiendo con alguien y otras veces buscando que le llames por su nombre y le des un abrazo.

Esta conversación tuvo lugar hace más de un año y hoy la mamá de Santi ya va a dejarlo y recogerlo todos los días al colegio. En este tiempo –y mucho antes– se han implicado en su vida los tutores de Santi, la orientadora del colegio, amigos, profesores…

Si creemos que en el colegio solo se enseña, este mes comenzamos un nuevo curso. Si creemos que la mayor parte de la vida en un colegio consiste en educar, este mes comienzan las clases y seguimos acompañando procesos.

Débora Santamaría
Religiosa de Jesús-María