Dos no dialogan si uno no quiere, pero, mientras llega o no a esa conclusión, el Gobierno sacrifica lo mejor de su programa para alcanzar un consenso imposible con la izquierda y los nacionalismos. Primero fue la renuncia a devolver a los jueces la posibilidad de elegir siquiera a 12 de los 20 miembros del Consejo General del Poder Judicial. Se lo exigía el PSOE, que ahora denuncia que el PP «asesta un golpe mortal a la independencia del Poder Judicial»… También en Educación ha dejado a un lado el PP su propio proyecto, la LOCE de Pilar del Castillo, y ha optado por reformar la LOE de Zapatero. Todo, para que el PSOE la califique de ley de los obispos. No han tenido más suerte los populares con los nacionalistas catalanes. Se tolera que el Gobierno autonómico que presiden incumpla las sentencias y las escuelas se nieguen a utilizar el español como lengua vehicular, a cambio sólo de que a los alumnos que lo pidan se les remita a un centro privado, sin coste para sus familias. CiU, sin embargo, habla de «golpe de Estado a la inmersión lingüística» y de «atentado a la cohesión» en Cataluña.
Con la reforma del aborto, el supuesto de riesgo para la salud psíquica de la madre amenaza con convertirse en el coladero que siempre fue y echar a perder todos los avances. ¿Contentará así el Gobierno a sus detractores? No. Invocarán la autonomía personal, el derecho a decidir…, todo eso que les niegan a quienes quieren ejercer su derecho a que se eduque a sus hijos conforme a sus propias convicciones, o simplemente en español.
Advertía el Papa el 4 de mayo: «No puede haber diálogo con el príncipe de este mundo», con el demonio. O aplicado a este caso: el diálogo exige una predisposición. Creyentes y ateos son todos hijos de Dios; todos tienen inscrita en su alma la propensión a «hacer el bien», decía la semana pasada Francisco. Es ahí, haciendo el bien (en la Ley Natural, diría Benedicto XVI), donde podemos encontrarnos todos. En ningún otro lugar. Padres en las antípodas ideológicas llegarán a un acuerdo sobre la educación de sus hijos, si parten de una misma voluntad de buscar el bien de esos niños y del respeto a la legítima autonomía de cada uno. Pero si una parte concibe la educación como un instrumento para adoctrinar al resto, ¿dónde está el punto de encuentro?