Cine: Falling. Cuando el amor necesita la eternidad

Juan Orellana
Aslan y Alma intentan retomar su relación en el Caribe. Foto: European Dreams Factory

Coinciden en la cartelera varias películas que giran en torno a experiencias de amor que llevan algo –o mucho– de perplejidad posmoderna (Belleza oculta, La comuna…). Detengámonos en uno de los casos más interesantes, el de Falling, de Ana Rodríguez Rosell. Un hombre (Aslan) y una mujer (Alma). Estuvieron casados. Ya no. Se reencuentran para que él le entregue a ella las llaves de un piso en Berlín. Pero Aslan pone una condición: pasar juntos 24 horas en su casa-restaurante en una playa del Caribe. Su intención: intentar cambiar lo que hizo mal, redimir sus errores. La película es un duelo interpretativo entre Emma Suárez y Birol Ünel. Una terapia de pareja que al final, cuando el horizonte es la muerte, solo puede resolverse en un más allá que pueda reunirlos de nuevo. Amor, muerte y esperanza son los tres pilares de esta película que tendría mucho parentesco con Ingmar Bergman si no fuera precisamente por esa insistida esperanza en la posibilidad de una eternidad sanadora. Falling es una producción modesta, muy de autor, que se dirige a aquellos espectadores que creen que el cine puede ayudar a entender al hombre. La película dibuja una antropología interesante, en la que Aslan se entiende a sí mismo metafóricamente como un león que está triste porque le falta algo y no sabe lo que es. Un día descubre su corazón bailando delante de él, y empieza a perseguirlo, pero no consigue alcanzarlo, porque su corazón va siempre más rápido que él. Una sugerente antropología del deseo que puede entroncar fácilmente con una antropología cristiana. Falling no es una película para consumir y digerir como la fast food; es más bien un dulce o caramelo que requiere darle vueltas en la boca, lentamente, y así sacar todo su sabor.

Juan Orellana