Consultó el reloj del móvil varias veces. «¡Ya llega! En diez minutos estaré con papá».

Cerca, unos niños esperaban ansiosos al tren. Corrían y se colgaban de la barandilla. Él los miraba y sonreía. La megafonía anunció su entrada en la estación. Estaba nervioso.

—¿Cuánto tiempo hace que no ves a tu familia?

—Siete años. Antes yo era un niño. Tenía solo 13.

Sus padres y hermanos viven en Alemania desde que dejaron Alepo. Él abandonó el país más tarde, no quería dejar a su abuela. Cuando la situación se hizo insostenible salió. Casi un año después llegó a España.

El andén se llenó de personas y maletas. Los niños gritaban y llamaban a sus madres. Tras la multitud apareció un hombre de mediana estatura, delgado, con un maletín.

—¡Es él! ¡Es papá! Sí, ¡papá!

Nos colocamos al final de las escaleras mecánicas. Se abalanzó sobre él. Le besó la cara, los hombros, las manos. Su padre sonreía y le abrazaba. Desde allí fuimos a su alojamiento: la casa de una familia española. Él comparte piso y no podía llevar a su padre. El matrimonio, con sus hijos, salía fuera de la ciudad esos días. Conocían al chico. Decidieron dejarle su hogar para que estuvieran juntos. Le dieron las llaves. Y toda su confianza. Aquellos días lo presentó a todos sus conocidos. Solicitantes de asilo como él. Le daban dos abrazos, apretaban fuerte la mano, le sonreían.

—¡Papá está aquí!

Antes de despedirse de su padre compró una planta. La dejó en la sala de estar de la casa. Junto a ella un perro de peluche para los niños. A lo padres les regaló una bola de cristal con tres figuras dentro: san José, María y el niño Jesús. Me pidió que escribiese una nota.

—Yo tengo mala letra [dijo]. Pon: «Muchas gracias a toda la familia». ¿Crees que les gustará?

—Estoy segura.

Cogieron sus cosas y cerramos la puerta de la casa. Me despedí de ellos. Otra familia le pagó parte del billete de vuelta. El padre volvía muy agradecido. Su hijo estaba cuidado.

—Se va. Pero la próxima vez veré también a mamá. Mis hermanos son muy pequeños y no puede dejarlos solos. Somos ocho. Otro día estaré con papá y mamá.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad