En mayo del 68, se produce la eclosión de un movimiento ideológico que cuestiona los pilares de Occidente: familia, cristianismo, autoridad, convenciones estéticas, ética sexual… París es considerado epicentro de aquel terremoto cultural, pero Sartre y Marcuse habrían predicado en el desierto, si no hubieran allanado el terreno el cine de California y la revolución musical surgida a partir de los años 60 en Inglaterra. A partir de 1962, (los Beatles graban Love me do), grupos de veinteañeros sin particulares conocimientos musicales comienzan a componer auténticas genialidades. Están, además de los Beatles, los Rolling Stones, Queen, los Kinks, Bowie, Pink Floyd, Led Zeppelin… También el cine norteamericano produce joyas, a menudo con directores y actores autodidactas. Y surge una nueva cultura popular que conquista un Occidente cada vez más alejado de sus tradiciones, desenraizado. Pronto la excelencia deja paso a la mediocridad. Triunfan insufribles grupos de pop, y la edad de oro de Hollywood degenera en el imperio de la telebasura. Pero pervive la romántica idea de que cualquiera lleva un genio en su interior, a la espera de ser liberado de hipócritas corsés sociales y culturales. El proceso es deudor del formidable crecimiento económico de la postguerra y del empoderamiento juvenil. Al final, resulta que hasta las poses más rebeldes son productos del mercado. La borrachera individualista dejó así lugar a un erial social y cultural dominado por el hombre-masa, y el impulso creativo inicial fue abortado de raíz. Porque, de la masa, no nacen genios. Los padres de aquellos chavales ingleses que crearon la cultura pop eran los últimos restos de un gran imperio reducido a cenizas que resistió heroicamente a Hitler. Los Beatles no surgieron por generación espontánea. Ni tampoco la temática emancipadora que ha dominado el debate cultural y social desde aquellos años. La transformación política y social de las sociedades occidentales facilitó la lucha contra el racismo, la discriminación de la mujer, la hostilidad contra los homosexuales… Llegó también la hora de revisar absurdos corsés educativos: ¿deben vestir a los niños de azul? ¿Por qué tienen que disfrazarse las niñas de princesas? El proceso terminaría degenerando en absurdos, como obligar en las escuelas a los varones a hacer pis sentados, o adoctrinarles en una absoluta banalización de la sexualidad. El impulso ético inicial fue abortado de raíz, desde el momento en que, para exaltar al individuo libre, se negó su naturaleza humana, y el valor de la institución y de la tradición. Porque sin comunidad, sin familia, sólo hay masa informe. Esclavitud.