Volveré como peregrino

En la basílica donde tantos viernes se ha reunido con los jóvenes y a la que iba a confesar y celebrar Misa como un sacerdote más; allí, ante la Virgen de los Desamparados, monseñor Carlos Osoro dejó…

Rosa Cuervas-Mons
Monseñor Osoro entrega su cruz pectoral a la Virgen de los Desamparados. Foto: M. Guallart / AVAN

En la basílica donde tantos viernes se ha reunido con los jóvenes y a la que iba a confesar y celebrar Misa como un sacerdote más; allí, ante la Virgen de los Desamparados, monseñor Carlos Osoro dejó un mensaje de despedida a la que ha sido su diócesis durante casi seis años. «Gracias, Mare de Déu, has sido amparo, guía y protectora. (…) Te pido que me sigas ayudando, ahora volveré como peregrino». Don Carlos se va de Valencia. Y se lleva, porque se lo ha ganado, el corazón de los valencianos

Pasan unos minutos de las seis de la tarde del domingo. Los alrededores del Palacio arzobispal comienzan a llenarse de gente. Seminaristas, sacerdotes, fieles, prensa… Nadie quiere perderse la despedida del que ha sido su arzobispo durante cinco años y cinco meses. Monseñor Carlos Osoro se marcha a Madrid y, aunque Valencia acoge de corazón a su nuevo pastor, el cardenal Antonio Cañizares, el adiós a don Carlos es un trago amargo. Que se lo pregunten, si no, a la señora que enjuga sus lágrimas en un pañuelo mientras ese pastor, al que todos se refieren como un padre, recorre, por última vez, los metros que separan el Arzobispado de la basílica de los Desamparados.

«¡Ya viene!» Las cámaras de televisión y los fotógrafos corren para coger el mejor sitio para la instantánea. La gente estalla en aplausos cuando monseñor Osoro sale del Arzobispado. Abrazos -como el que da a un joven sin recursos, amigo del arzobispo-, besos, regalos -el rosario que un seminarista le pone en la mano-… retrasan la llegada de don Carlos a la casa de la Mare de Deu dels Desamparats.

Allí, en una abarrotadísima basílica, monseñor Osoro mira hacia arriba, hacia la Virgen, y permanece en un recogimiento absoluto, mientras la Escolanía de la Virgen intenta sobresalir entre los aplausos de los fieles, que no pararán en toda la tarde. Visita la Capilla del Cristo de la Coveta y sube, después, hasta el camarín de la Virgen, le besa la mano y deja allí, junto a ella, su cruz pectoral. Es el primero de los regalos que hará, en esta tarde de despedidas, a los fieles valencianos. Todavía entre aplausos, se encamina hacia la catedral. Le esperan miles de personas.

Reservado a familiares

Se han puesto mil sillas auxiliares, que junto con los bancos suman casi tres mil asientos, pero la catedral se queda pequeña. Delante, justo al lado del altar, hay un espacio reservado para autoridades y otro en el que se lee familiares. «¿Es que viene gente de Santander?», pregunta un amigo de don Carlos. «No, es para la gente del Palacio [arzobispal]. Don Carlos quería que tuvieran sitio asegurado». Y es que, como más tarde dirá el arzobispo, los trabajadores del Arzobispado -conductores, cocineros, secretarios…- han sido su familia en Valencia.

El camino entre la sacristía y el altar, entre aplausos, refleja uno de los rasgos que todos destacan del arzobispo: tiene tiempo para todo el mundo. Se para, da la mano, esboza una sonrisa, saluda con la mirada. Todos reciben un detalle de monseñor Osoro.

Ya en la homilía, don Carlos hace un repaso por la que ha sido su trayectoria pastoral al frente de la Iglesia en Valencia. «Gracias a todos porque me habéis ayudado a que la Iglesia fuese reconocida como la casa de la misericordia. Esa casa a la que pueden ir todos los hombres». Recuerda don Carlos que «el amor y la gracia del Señor cambian el corazón», y resalta la fuerza de la Iglesia de Jesucristo «cuando quien entra en ella, en esta casa construida por Dios mismo, siente que le envuelve la misericordia de Dios».

Aprovechando el pasaje del Evangelio en que el Señor manda a trabajar su viña, monseñor Osoro hace catequesis con el que es uno de sus desvelos: que la Iglesia acoja a todos, que salga a las periferias a anunciar el mensaje de Cristo. «A todos los hombres hay que invitarlos a la viña, a entrar en este mundo como discípulos del Señor».

Monseñor Carlos Osoro saluda a un joven del movimiento Juniors MD, tras la Misa en la catedral

Explica a sus fieles qué hacer, y también el cómo. «Vivid con los sentimientos propios de Cristo: comprensión, compasión, cercanía, ternura, magnanimidad, solidaridad, consuelo, esperanza, coraje para perseverar en el camino del Señor», pide. Monseñor Osoro quiere cristianos a tiempo completo, «no cristianos sentados, reflejándoos en la fe o discutiendo sobre la fe en teoría. Salid de vosotros mismos, tomad con valentía la cruz y marchad por las calles compartiendo la alegría del Evangelio».

Durante sus años en Valencia se ha marchado a confesar a la playa, ha puesto en marcha las Vigilias para los jóvenes y ha impulsado la atención cristiana a los necesitados. Lo ha hecho porque, como dice, «el más pobre es quien no conoce a Dios». Por eso quiere que el ser humano vuelva a Él, si estaba alejado, o se encuentre con Él, si no lo conocía. «La paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error o el pecado que haya en nuestra vida», recuerda. Y subraya también que la fe «no es intransigente, no echa nada en cara, crece cuando respeta al otro, no es arrogante». Con esa fe que hace posible el testimonio y el diálogo, monseñor Osoro invita a Valencia, «ya por última vez», a hacer «la revolución de la libertad. No tengamos miedo de ir con Él a todas las periferias existenciales».

Termina la Misa, y don Carlos hace entrega de su báculo pastoral a la diócesis. «Para que os acordéis un poquito de mí». Con el mismo propósito, «para que nos recuerde», la diócesis le hace entrega de una réplica del Santo Cáliz que se venera en la catedral. En el fondo, los regalos no hacían falta. Ninguno de los fieles que abarrota el templo va a olvidar al arzobispo. «Es una figura paterna, muy atento a todas las necesidades. Ojalá en Madrid haga tanto bien como ha hecho aquí», cuenta a Alfa y Omega una valenciana al borde de las lágrimas. «Es un pastor, nos ha acompañado desde la cercanía, siempre con su apoyo. Siendo la persona que es, se ha preocupado de todos nosotros, se sabe nuestros nombres, se acerca a saludar, se sienta contigo a comer», explica uno de los chicos de Juniors MD, el movimiento diocesano de evangelización de niños y jóvenes que don Carlos ha impulsado en todas las parroquias. Y así, todos los que hacen cola para dar un abrazo a monseñor Osoro y desearle suerte en su nuevo destino. Pueden estar tranquilos, don Carlos tampoco se va a olvidar de ellos. «Cuando llegué a Valencia, dije a quien está en la puerta del Arzobispado que, si venía alguien de Santander, Orense u Oviedo preguntando por mí, me avisaran siempre. Ahora, en Madrid, diré lo mismo, pero añadiendo Valencia a la lista. Allí me tenéis».

Rosa Cuervas-Mons. Valencia

 

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Al final de su homilía, el arzobispo electo de Madrid dedicó unos minutos a dar las gracias a la archidiócesis de Valencia, y lo hizo recordando anécdotas y poniendo humor a un momento que, para todos los presentes, simbolizaba ese hasta siempre al que nadie quería llegar:

«Gracias a los sacerdotes. Me he encontrado aquí en Valencia con verdaderos hijos, verdaderos hermanos y verdaderos amigos.

Gracias a los seminaristas, (…) habéis sido mi predilección y tenía puestas muchas esperanzas en vosotros. Os quiero mucho. Vuestra vida ha sido mi vida.

Gracias a la vida consagrada. ¡Qué testimonio más precioso y generoso habéis sido y sois! (…) Ánimo, sed valientes. Os acompañaré y alentaré siempre.

Gracias a los jóvenes, ¡qué valor habéis tenido para estar a mi lado y ayudarme a anunciar el Evangelio y a hacer presente a Jesucristo! Construid la vida sobre Cristo, fundad sobre su voluntad todos vuestros deseos, expectativas, sueños y proyectos.

Gracias a las familias cristianas. Como la Familia de Nazaret, sed escuela de sabiduría que educa a todos los miembros en las virtudes que llevan a la felicidad auténtica y duradera. Seguid el plan que Dios hizo para el matrimonio y la familia.

Gracias a los ancianos, por regalarme vuestra sabiduría. Gracias a los enfermos que, con vuestra cruz, me habéis ayudado a ver cómo habéis encontrado en Jesús apoyo y consuelo.

Gracias a todas las entidades sociales, civiles, culturales y educativas. No olvidéis que existís para servir. (…) Gracias, sobre todo, a la Facultad de Teología. Gracias por todo lo que hacéis desde el silencio, desde el estudio, desde la serenidad, desde la entrega.

Don Vicente Fontestad, Vicario General. Gracias, Vicente, por tu entrega a la diócesis, Dios te lo pagará. A Álvaro Almenar, mi secretario. Querido Álvaro, has sido ese amigo que ha vivido conmigo todos los momentos, aguantándome las rarezas, que las tenemos todos. Gracias por tu fidelidad y por tu entrega.

Gracias al Canciller Secretario, Jorge Miró, el Rector y formadores del Seminario de Moncada, el Rector y formadores del Colegio de la Presentación-Santo Tomás de Villanueva, José Máximo, José Soler (mi confesor) y demás formadores. (…) Y a la gente que más cerca de mí ha estado. Habéis conseguido que el Arzobispado fuera una gran familia para todos. A las personas que me han acompañado en el coche, José Fernando y Alfonso, a pesar de mis horarios que, como dice el profeta y transcribiendo sus palabras, mis horarios no son vuestros horarios.

Gracias a todos. Me despido parafraseando al Papa Juan Pablo II en su última visita a España. (…) Hasta siempre, Valencia. Hasta siempre, tierra de María».

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