Una propuesta de renovación - Alfa y Omega

La publicación de esta exhortación postsinodal ha despertado una apasionante expectativa; sobre todo en algunos ámbitos, algunos mediáticos con interés en este pontificado por razones diversas. No dejará indiferente a nadie, que lo lea en profundidad o simplemente lo que de ella extraigan los medios de comunicación. Para entender el objetivo del Papa al escribirla, y su estructura, sugiero leer la introducción en la que el Sto. Padre señala sobre las aportaciones recogidas y las suyas propias: «que puedan orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrezcan aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades» (n. 4).

Recomiendo encarecidamente considerar la indicación que hace el propio Papa sobre el carácter diverso de las distintas partes del documento sobre los destinatarios o su lectura en momentos diferentes: «Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o si buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta. Es probable, por ejemplo, que los matrimonios se identifiquen más con los capítulos cuarto y quinto, que los agentes de pastoral tengan especial interés en el capítulo sexto, y que todos se vean muy interpelados por el capítulo octavo» (n. 7).

325 números, en 9 capítulos, algunos de cierta complejidad, no obstan para que la mayor parte del texto sea de una claridad y sencillez de lectura como la que acostumbra a utilizar el Santo Padre, por la que ha generado tantas simpatías. Es fruto de una ingente labor e información recogida para los sínodos: «Debido la riqueza de los dos años de reflexión que aportó el camino sinodal, esta Exhortación aborda, con diferentes estilos, muchos y variados temas» (n. 7).

En su conjunto, aborda una reflexión pastoral desde la perspectiva del gozo y la alegría que ha de inspirar la realidad del matrimonio y la familia, en una cierta continuidad que une este documento tanto con su Evangelii gaudium como con otros documentos anteriores, con los que interpreta algunas de sus afirmaciones. Entre ellos está Familiaris consortio, Deus caritas est, las catequesis sobre la familia de Juan Pablo II y sus propias catequesis sobre el matrimonio y la familia, la Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar… También cita abundantemente el Catecismo de la Iglesia Católica y a santo Tomás de Aquino.

A quien busque unos espectaculares titulares, no los encontrará. Lo más sobresaliente a mi parecer, no tanto novedoso, aunque tal vez sí en las formas, es la propuesta de llevar a cabo una «conversión pastoral misericordiosa» (nn. 201 y 293), lo que no es sino responder a la misión evangélica y misionera, empeño permanente del pontificado del Papa Francisco y única misión encomendada a la Iglesia por Jesucristo, misericordioso.

En el capítulo 8, «Acompañar, discernir e integrar la fragilidad», donde se puede encontrar el mayor objeto de especulaciones, el Papa Francisco, además de algunas indicaciones sobre la «gradualidad en la pastoral», recuerda, con Juan Pablo II, la llamada «“ley de la gradualidad” con la conciencia» que «no es una “gradualidad de la ley”» (nn. 293 a 295). También plantea el fin al que ha de conducir la evangelización: conducir a las personas a la plenitud de vida que el amor les ofrece; y para ello realiza una sistemática reflexión sobre la caridad conyugal (nn. 120-122 del capítulo 4). La luz de la verdad del amor, con su concreción y bondad, es la que hace de hilo conductor entre el acompañamiento de las personas, el discernimiento de las situaciones y el modo concreto de integración en la comunidad eclesial.

Más de 70 números dedica en el capítulo 4 a lo que, sin apenas aparato crítico, podrían considerarse sus más personales y prácticas sugerencias sobre «El amor en el matrimonio», donde de manera delicada, y recordando «El himno de la caridad», abunda en lo esencial de nuestro amor cotidiano: paciencia, amabilidad, perdón…

Sería digno de resaltar otras cuestiones de interés, numerosas propuestas y consejos sobre, por ejemplo, la espiritualidad matrimonial y familiar (cap. 9) así como el análisis de la realidad del capítulo 2, que muestran los diversos y diferentes desafíos que se plantean en los diferentes países, dentro de un marco general común… Pero por la brevedad de estas líneas me conformaré con terminar señalando lo referido en los capítulos 6 y 7.

El capítulo 6 desarrolla «Algunas perspectivas pastorales» que insisten en lo señalado, entre otros lugares, en el Directorio de la Pastoral Familiar en España, sobre la preparación al matrimonio, remota, próxima e inmediata, además de la importancia de la preparación para ello de los agentes de pastoral, empezando por los sacerdotes desde su formación como seminaristas. Dicha formación, acompañando a un espíritu de entrega y de servicio, ha de llevar no sólo a «preparar para la celebración del matrimonio» sino también a un «acompañamiento de los matrimonios» en los primeros años de casados y ante las «programadas» crisis y dificultades que vendrán, hasta la muerte de ellos, cuando «no podemos dejar de ofrecer la luz de la fe para acompañar a las familias que sufren» (n.253)

Sobre este aspecto, la Subcomisión episcopal para la Familia y Defensa de la Vida tiene como proyectos en marcha la elaboración de unos materiales y una especial dedicación en su propuesta pastoral para «unos itinerarios de largo recorrido y acompañamiento a los matrimonios en las distintas etapas de su vida conyugal y familiar».

En el capítulo 7 («Fortalecer la educación de los hijos»), entre las diversas propuestas se afirma una vez más un «Sí a la educación sexual» (nn. 280 a 287) y la necesidad de superar un sentimentalismo del amor, en lo que desde la CEE se ha venido apoyando y colaborando con el Pontificio Consejo para la Familia.

En resumen: nos ha hecho un precioso regalo, me atrevo a decir, no solo a los miembros de la Iglesia sino a todo el mundo, presentando la belleza y la alegría, no exenta de dificultades, del matrimonio y la familia, y del amor, y una rica propuesta de acciones en los diferentes ámbitos, iluminada por la amplia visión de la realidad universal del Sínodo y del Magisterio de la Iglesia y de la profunda reflexión y la oración. Debe ser un aliento y una guía para una pastoral familiar más incisiva y renovadora de las personas.

Fernando Herrera
Director del Secretariado de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal