Sobreabundancia - Alfa y Omega

El otro día, sin ir más lejos, le planteaba una cuestión improbable a una buena amiga: ¿cómo se puede ser agradecido con quien es sobreabundante? Contestaba ella, lúcida como siempre, con otra pregunta un poco a lo Pilatos: ¿y qué es la sobreabundancia? 

Me acordé de Hannah Arendt, la pensadora judía que trató de descifrar aquel misterio de iniquidad que fuera la Shoah. En su obra Sobre el mal, la filósofa declara la sobreabundancia como el rasgo inequívoco de las personas genuinamente buenas. Todo el que haya vivido junto a alguien así sabe que Arendt tiene razón; podría expandirse su definición, y responder, de paso, a mi estimada amiga, afirmando que la sobreabundancia es la traza inconfundible de los niños cuando juegan, y de los santos de todo tiempo; de las madres que saben serlo y de los abuelos que han conseguido envejecer conservando intacto el deseo del corazón. El Resucitado la declaró como el rasgo distintivo de quienes viven como hijos de un Padre bueno que hace salir el sol sobre justos e injustos, y que a nadie deniega el derroche cotidiano de belleza que encerrara, por ejemplo, en los lirios del campo.

Es por ello que, cuando uno se topa de bruces con alguien verdaderamente sobreabundante, rápido se le termina el protocolo. Un agradecimiento estándar nada aporta a quien nada extraña porque sabe que lo tiene todo. Ante un ser así, ya sea humano o divino, cualquier gratitud puede parecer accesoria. Y, sin embargo, no lo es; debe haber siempre algún modo de reciprocar la gracia. Rumiando estos pensamientos, rememoré la Vigilia Pascual a la que asistí hace justo una semana en el momento de escribir estas líneas. Tuve la suerte de celebrarla en una catedral pequeña, junto con el obispo de aquella diócesis; un testigo fiel. Observé fascinado, un año más, el rito del fuego. Por suerte, a nadie se le ocurrió hacer una instantánea con flash que perturbase lo sublime del momento en el que un templo oscuro comienza a resplandecer mientras nos damos los unos a los otros un fuego que no se agota, que tan solo sabe propagarse.

Aquella imagen resumía la respuesta que estaba buscando. Agradecer la experiencia de recibir sin cálculo invita a replicarla, implica ceder a la ética del regalo. Esa que sostiene que cuando damos lo que somos, y no lo que tenemos, nunca somos menos, sino más nosotros mismos.