Ni siquiera las alegrías del deporte mitigaban el dolor. «Hoy es un día de luto en España», escribía, el lunes, el sacerdote Mario Ortega, en la nueva web de información religiosa La Gaceta de la Iglesia. «Cuando, comenzando por admitir excepciones, el aborto se ha llegado a convertir hoy legalmente en un derecho en España, podemos decir que hemos alcanzado una de las cotas de mayor bajeza social, política y cultural imaginables».

¿Y ahora qué? ¿Que aborten los otros? ¿Que se extingan ellos? «Volverse de espaldas no sirve de nada», advierte Cristina López Schlichting en La Razón. «No sirvió de nada en el 33 en Alemania, ni en el 17 en Rusia», ni durante «estos años de horror en el País Vasco… El resultado siempre ha sido el envilecimiento general. Lo mismo nos está ocurriendo con el aborto. A la indiferencia la llamamos respeto a la voluntad de la mujer, al callar lo hemos llamado tolerancia. El resultado es una cotización cada vez menor de la vida».

No pongamos las esperanzas en un simple cambio de mayoría parlamentaria. «El aborto sólo podrá detenerse si se logra una verdadera metanoia, un cambio o conversión social; y ese cambio no lo producirán las leyes, ni mucho menos el teatrillo de marionetas de los togados -sostiene Juan Manuel de Prada desde su columna de ABC-. Con el aborto entronizado como derecho sólo acabará el testimonio contagioso de las personas que acojan amorosamente la vida, que prediquen con el ejemplo teniendo hijos y mostrando a sus contemporáneos el inmenso bien que esos hijos traen al mundo; provocando, en fin, entre sus contemporáneos envidia (sana envidia) de ese bien que a ellos les falta. Esto mismo fue lo que hizo un patricio llamado Filemón, hace veinte siglos, acogiendo como un hermano a su esclavo Onésimo, en una sociedad que había encumbrado la esclavitud a la categoría de derecho».

Al final, la pregunta de Dios resulta inevitable, aunque nos empeñemos en presentar este debate como un asunto aconfesional. «No es infrecuente que quien vive como si Dios no existiera termine por convencerse a sí mismo de que eliminar un hijo viene a ser como extirparse un grano», escribe, en La Razón, el director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal, Isidro Catela.

El cáncer es más o menos común a todo Occidente, y hacia él mira Benedicto XVI «con aquella mirada de ternura con la que Jesús lloró a la vista de Jerusalén: También en los desiertos del mundo secularizado el alma del hombre tiene sed de Dios vivo…, también el hombre del tercer milenio (al que tantas veces damos por perdido) desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda». Así explica José Luis Restán, en Páginas Digital, la creación del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. Claro que «hay quien habla de recristianizar como si se tratase de una nueva edición de la batalla de Austerlitz». Al New York Times le traicionan los nervios. Su edición internacional, el International Hernald Tribune, dedica media portada y prácticamente una página entera tamaño sábana a arremeter contra el Papa, no se sabe muy bien con qué argumentos, a la vista de los párrafos llenos de contradicciones y de acusaciones ya desmentidas. Pero lo de menos es el contenido. El País pilla la indirecta, y lanza, a su vez, su clásica consigna: ¡denuncia de los Acuerdos con la Santa Sede, ya!

Poco a poco. La batalla se libra en muchos frentes. En el militar, por ejemplo. «Entiendo que la disciplina y la obediencia son fundamentales, pero todo tiene un límite», escribe en una Carta al Director de ABC el teniente de Artillería en la Reserva Ignacio Román. «Somos capaces de ir a defender a pueblos desconocidos en los lugares más peligrosos y hostiles (y está bien), pero no somos capaces de dar la cara por Dios cuando nos lo están quitando de nuestros acuartelamientos, bases y buques. A lo mejor es que nos merecemos el laicismo como religión… ¡Qué pena, Dios mío! Te echan también de aquí sin que nadie te defienda».

Alfa y Omega