El verano, pero, sobre todo, las vacaciones, nos ponen, un año más, ante la tesitura de qué hacer con nuestro tiempo libre.
Si hay algo que me resulta especialmente relajante en verano, es dejar margen amplio para la improvisación, para la que no hay tanta opción durante el invierno. Entre los momentos que me gusta recordar cuando, en septiembre, toca volver a la rutina, están esos encuentros, que, quizás por inesperados, resultan tan gratificantes, y en los que puedes ponerte al día con alguien a quien quieres; alguien a quien hace demasiado tiempo que no veías. Disponer de espacios para el encuentro es uno de los mayores disfrutes de las vacaciones.
En el Ángelus del pasado domingo, el Papa dijo que las vacaciones han de ser también un tiempo para Dios y que ha de suponer para cada uno de nosotros una oportunidad para fortalecer la fe, por medio de la oración y de la caridad. Al leer el texto, pensé: «Vaya. A estos asuntos anda mi cabeza dándole vueltas últimamente». El lema del Encuentro Mundial de las Familias de Milán: La familia, el trabajo y la fiesta, que ponía el acento en este asunto, ya me había parecido, además de original, sugerente. En una familia, cada uno tiene sus aficiones. Los hijos, cada uno con sus gustos, conforme van creciendo, organizan su tiempo libre según su personalidad y no es extraño, de repente, descubrir que cada uno va a Misa en un momento distinto y que, durante el curso, los fines de semana, la casa se convierta en una especie de Vodevill, en el que siempre hay alguien que entra o sale, entre cita y partido o entre compra y café.
Y esto está muy bien; para eso está, en parte, el tiempo libre. Pero como, en la vida, se trata de ir siempre a mejor, en casa vamos a intentar que los momentos de ocio sirvan, por norma, no sólo para eso. Además de cultivar las aficiones de cada uno, tenemos la responsabilidad de adquirir, como familia, algún tipo de compromiso que podamos realizar juntos; de tiempo en el que, en lugar de mirarnos el ombligo, nos dediquemos, en cuerpo, pero también en alma, a los demás.
Nuestros hijos aún son pequeños, pero entienden de sobra que a las cosas más importantes se les dedica más tiempo. Con su lógica aplastante, esto no admite discusión y, por supuesto, ellos tienen claro qué es lo importante.
Hace unos días, Irene, de cinco años, se quedó clavada en la acera mirando a los ojos fijamente a una persona que pedía dinero en la calle. Yo tiraba de ella, con prisas —cómo no— y le decía que papá y mamá colaboraban con Cáritas y que ellos, que saben muy bien qué necesita cada uno, se ocuparían de esa persona. Pero la explicación no fue suficiente: «Pues ahora tenemos que ir a Cáritas para que no se olviden de pasar por esta calle».
No importa la edad: descubrir la capacidad que todos tenemos de estar pendientes del prójimo y disfrutar de la satisfacción que proporciona el compromiso con una buena causa, está al alcance de todos y nos ayuda a construir una sociedad más humana.