Cáritas retrata una España que empieza a recuperarse de la crisis, pero en la que las desigualdades no han dejado de aumentar

Cáritas Española relanza su decálogo de cara a las elecciones del 26 de junio. Antes de los comicios de diciembre, la organización sociocaritativa de la Iglesia se reunió con los principales partidos políticos y obtuvo cierta receptividad ante propuestas como un sistema de ingresos mínimos garantizados destinado a los hogares en situación de pobreza severa. La lista incluye la derogación del decreto ley que restringe a las personas inmigrantes sin papeles el derecho a la sanidad o la potenciación de cláusulas sociales en la contratación pública.

En el último Informe Foessa, presentado la pasada semana, Cáritas retrata una España que empieza a recuperarse de la crisis pero en la que las desigualdades no han dejado de aumentar, con el riesgo de que muchos de quienes se han quedado atrás en estos años se vean definitivamente condenados a la exclusión. Mientras otros países europeos han aplicado los ajustes de forma más equitativa, en España ha faltado «el impulso reformista» que requería la situación, afirma el presidente de la institución, Rafael del Río. Buena parte de la responsabilidad es de la clase política. «El deterioro de un sector significativo de la sociedad exigía una mayor altura de miras a la que nuestros partidos no han sabido responder», advierte Del Río. Aunque el problema está también en una sociedad crecientemente individualista, desencantada de la política y la participación social, que mira el futuro con desasosiego, instalada en el «sálvese quien pueda».

Hacen falta proyectos ilusionantes para hacer de España un país más justo e inclusivo. Esa es la gran tarea a la que Cáritas convoca a toda la sociedad. No es fácil, porque muchas de las recetas que funcionaban hasta hace unos pocos años en Europa ya no sirven. La llamada cuarta revolución industrial, en la que estamos inmersos, amenaza con destruir millones de puestos de trabajo y acelerar la acumulación de capital en unas pocas manos. Habrá que explorar soluciones nuevas e imaginativas, con los riegos que eso implica, pero el requisito previo es que existan ciertos valores morales compartidos, y cada día resultará más complicado alcanzarlos, a medida que avanza la fragmentación social. Ese es el círculo vicioso que necesitamos romper.

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