Reabren las basílicas de Belén y el Santo Sepulcro: «Debemos derrotar al miedo»

El custodio de Tierra Santa, Francesco Patton, advierte contra un posible «resultado terrible» de la pandemia: una antropología anestésica que nos lleve a vivir «obsesionados con el miedo al contagio. Eso significaría no vivir más relaciones humanas auténticas». Hace esta reflexión, desde la acogida a todas las medidas de precaución necesarias, con motivo de la reapertura en los últimos días de las basílicas del Santo Sepulcro, en Jerusalén, y de la Natividad, en Belén

Alfa y Omega
Foto: EFE/EPA/Atef Safadi

El custodio de Tierra Santa, Francesco Patton, advierte contra un posible «resultado terrible» de la pandemia: una antropología anestésica que nos lleve a vivir «obsesionados con el miedo al contagio. Eso significaría no vivir más relaciones humanas auténticas». Hace esta reflexión, desde la acogida a todas las medidas de precaución necesarias, con motivo de la reapertura en los últimos días de las basílicas del Santo Sepulcro, en Jerusalén, y de la Natividad, en Belén

Los dos lugares más sagrados del cristianismo ya han vuelto a acoger a los fieles. Este martes, la basílica de la Natividad de Belén volvió a abrir sus puertas, después de casi tres meses cerrada a causa de la pandemia del coronavirus. Lo anunciaron el lunes los responsables de las tres confesiones cristianas que custodian el santuario: Francesco Patton, custodio de Tierra Santa y los patriarcas greco-ortodoxo y armenio de Jerusalén, Teófilo y Nourhan Manougian.

La reapertura está sometida a medidas de seguridad similares a las de muchos otros lugares de culto en todo el mundo: aforo limitado a 50 personas, uso obligatorio de mascarillas, distancia interpersonal de dos metros y la prohibición de cualquier contacto físico con piedras, iconos, ornamentos litúrgicos y personas.

Son también las mismas condiciones con las que el domingo se volvió a abrir la basílica del Santo Sepulcro, justo dos meses después de su cierre. Son reaperturas «en progreso», una especie de «convalecencia» después de que durante estos meses solo participaran en la liturgia los religiosos encargados de estos templos. Pero se trata de «un paso muy importante», subraya en una entrevista con Vatican News fray Patton.

«Para los fieles locales, nuestros santuarios han permanecido abiertos incluso en este período», asegura el franciscano, aludiendo al hecho de que Getsemaní o Nazaret nunca se han cerrado. Aunque hayan funcionado de forma muy limitada, «hemos querido dar el mensaje de que la Iglesia no cierra sus puertas».

De momento, no hay peregrinos. Los primeros –estima el custodio– llegarán a final de verano. Y cree que los de los países que visitan Tierra Santa de forma más numerosa (como Estados Unidos, Italia o España) no llegarán hasta principios del año que viene, al ser también estos países algunos de los más afectados por el coronavirus.

Incluso en los lugares de culto que sí estaban cerrados, la liturgia «ha continuado y yo diría que se ha intensificado, con un sentido eclesial aún más fuerte, con un rostro ecuménico, con una forma de intercesión universal porque, al representar aquí a Oriente y Occidente, hemos dado de alguna manera voz a la humanidad que eleva la invocación para el fin de la pandemia».

¿Qué piensa que este período de cierre ha traído consigo? No sé si ha tenido la oportunidad de hablarlo con los fieles…

Sí, tuve la oportunidad de hablar con los fieles y especialmente con los párrocos. En nuestra parroquia de San Antonio en Jaffa por ejemplo, que es una parroquia multiétnica, el domingo que reanudamos la celebración los fieles lloraban porque podían celebrar juntos de nuevo, porque podían recibir la Eucaristía y escuchar la Palabra de Dios.

Foto: AFP/Gali Tibbon

El Papa nos repite en este período de recuperación que sigamos siendo prudentes y que miremos por el bien de unos y otros. Esta palabra suya llega y cómo piensan seguir adelante, con nuevas preocupaciones o con una nueva conciencia de que todos somos una familia…

No debería ser necesaria una pandemia para aumentar la atención a los más vulnerables. A partir de ahora lo que intentamos hacer es asegurar medidas prudentes y necesarias. Pero luego, diría que debemos esperar que algún día volvamos a la normalidad.

La normalidad estará ciertamente ahí cuando haya terapias eficaces, pero no podríamos vivir, de ahora en adelante, obsesionados con el miedo al contagio, porque eso significaría no vivir más relaciones humanas auténticas. Estoy totalmente a favor de las medidas prudenciales, mientras no haya suficientes elementos de seguridad, pero al mismo tiempo también digo que debemos derrotar el miedo, porque de lo contrario tendríamos personas que, por miedo, no dormirán por la noche, por miedo al contagio ya no darán la mano a nadie, ni siquiera besarán a sus hijos.

Eso significaría entrar en una fase de antropología anestésica y sería un resultado terrible. Así que prudencia sí, respeto sí, miedo excesivo no, angustia no, y ni siquiera pensar que debemos continuar así para siempre.

También hemos dado voz en estos días a la preocupación del Patriarcado por el destino de las escuelas católicas, ¿la comparte?

Esta es otra cuestión y está ligada a la economía y ciertamente una preocupación compartida. La ausencia de peregrinos por un lado y la incertidumbre sobre cómo irá la colecta a favor de Tierra Santa, que ha sido pospuesta hasta el 13 de septiembre, son una gran preocupación para todos nosotros. Escuché al obispo de los anglicanos: ellos también tienen muchas escuelas y está claro que la preocupación es cómo pagar los salarios, porque en Israel hay bienestar pero en Palestina no existe de facto la capacidad financiera de un llamado fondo de despido.

Pero al mismo tiempo no debemos ni siquiera dudar de la Divina Providencia: ha conseguido bajar el maná del cielo, por lo que también podrá ayudarnos y ayudar un poco a todo el compromiso de los cristianos en Tierra Santa incluso en esta fase.

Vatican News/Alfa y Omega