«Que Dios os haga ayudar a vuestros hermanos en peligro»

Más de cinco mil kilómetros separan Córdoba e Iraq, y sin embargo, ambos lugares quedaron unidos en la Misa Crismal de esta Semana Santa. Durante la Eucaristía, el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, mostró su cercanía «a todos los hermanos que sufren persecución, destierro e incluso martirio por ser cristianos», dedicó la colecta a los cristianos iraquíes, y dio la palabra a Roni, diácono de Mosul: tuvo que huir de los yihadistas, a pie y por el desierto

Alfa y Omega
Roni Salim, con monseñor Demetrio Fernández, en la Misa Crismal

Más de cinco mil kilómetros separan Córdoba e Iraq, y sin embargo, ambos lugares quedaron unidos en la Misa Crismal de esta Semana Santa. Durante la Eucaristía, el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, mostró su cercanía «a todos los hermanos que sufren persecución, destierro e incluso martirio por ser cristianos», dedicó la colecta a los cristianos iraquíes, y dio la palabra a Roni, diácono de Mosul: tuvo que huir de los yihadistas, a pie y por el desierto

«Nos emociona tu presencia aquí, porque es la presencia entre nosotros de la Iglesia mártir de Iraq». Con estas palabras, se dirigió monseñor Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, a Roni Salim, un diácono natural de Mosul, durante la Misa Crismal del pasado Martes Santo. Una celebración en la que el obispo quiso vincular el sacrificio de la Pasión y muerte de Cristo que conmemora la Semana Santa, con el Vía Crucis martirial que sufren hoy miles de cristianos en Oriente Medio, perseguidos a causa de su fe. Por eso, monseñor Fernández no sólo entregó la colecta de ese día para auxiliar a los cristianos iraquíes, sino que invitó al seminarista Roni Salim a dar su testimonio durante la Santa Misa. Un gesto que iba más allá del cariño al diácono, para hermanarse con todos aquellos que sufren persecución: «Cuántos compañeros, amigos y familiares tuyos –dijo el obispo– han derramado su sangre por ser cristianos, por odio a la fe cristiana, y por esto son mártires. En ti quisiéramos abrazar y dar nuestro ósculo santo a todos los hermanos que sufren la persecución, el destierro e incluso el martirio sólo por ser cristianos».

Las peores formas de persecución

Roni nació en Qaraqosh. Su historia está marcada por la violencia y por la fidelidad a Cristo, y por eso captó la atención de todos los presentes cuando tomó la palabra en la Misa Crismal, y también cuando, por la tarde, dio su testimonio en una Vigilia de oración en el Seminario de Córdoba.

Según explicó, es originario de Qaraqosh, «un área donde nosotros los cristianos hemos visto las peores formas de persecución, verbal, física e incluso psicológica». Y no se refería sólo al último año. En mayo de 2010, los yihadistas atacaron con coches bomba 25 autobuses que llevaban a 1.500 estudiantes a la Universidad de Mosul. «Estos detalles estarán grabados para siempre en mi mente, porque mi hermana y yo éramos de los estudiantes cristianos que iban en esos buses. Ambos fuimos heridos; mi cara quedó un poco deformada, lo que llevó a nueve operaciones sólo para reconstruirme la nariz. En el momento de la explosión, sentimos que el mundo se acababa. Una montaña rusa de miedo, de muerte, un pozo sin fondo. Las únicas palabras que musitamos fueron: ¡Oh, Madre María, ayúdanos!»

Roni habló también del ataque, en octubre del mismo año, contra la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación, en Bagdad, durante la Misa. Allí mataron a 45 personas y a los dos sacerdotes que estaban celebrando. «La sangre de estos cristianos inocentes fue una prueba más del amor a Nuestro Señor Jesucristo, que también fue perseguido y dejado morir en la Cruz sin otro motivo que ser limpio, sincero y amarnos», señaló Roni.

Roni Salim

Lo peor estaba por venir, con la llegada del Estado Islámico. «Al principio, los terroristas dijeron a los cristianos que no harían daño a nadie, y que nos quedáramos en Mosul. Pero fue una trampa mezquina». Días después, decretaron que debían convertirse al Islam, pagar un impuesto o morir a espada. «Ningún cristiano tenía intención de convertirse al Islam o negar a Jesús, que murió para mostrarnos Su amor. Por eso, decidieron trasladarse a Qaraqosh, otro pueblo cristiano. Sus habitantes nos acogieron en sus casas». Pero, el 6 de agosto, el Estado Islámico atacó la ciudad y muchos huyeron. «El arzobispo exhortó a los cristianos a quedarse y defender el pueblo, pero a medida que caía la noche, los sacerdotes y el arzobispo vieron que era más prudente abandonar Qaraqosh. ¡O nos íbamos, o nos decapitarían!», contó Roni.

A pie por el desierto y sin agua

Así empezó la huida. «Creedme, fue una mala experiencia –dijo Roni, durante su testimonio–. No había medios de transporte, y la mayoría de la gente tuvo que huir a pie por largos caminos, llenos de rocas e infestados de insectos, con niños y bebés. Sin comida, sin agua, sin ropa para protegernos. Sólo nos sentíamos llenos de fe, saciados por el amor de Dios y vestidos con las armas de Jesús». Los sacerdotes y el obispo fueron los últimos en abandonar Qaraqosh. Cuando llegaron a Erbil, «los refugiados durmieron en calles e iglesias, pues ninguna casa abrió sus puertas para acogerlos», lamentó. «Después de ser una cultura que empezó el Antiguo Testamento, hemos pasado a ser un pueblo sin tierra, sin trabajo, sin escuelas ni hospitales. ¡Nada! Sólo caravanas, tiendas, campos de refugiados, edificios sin terminar, sin puertas ni ventanas para proteger a sus habitantes. Una cultura de la Palabra de Dios, un pueblo de Jesús, abandonado en el frío hacia un oscuro destino», dijo.

Ante todo esto, terminó preguntándose: «¿Dónde está la comunidad cristiana global? Os dejo con esta pregunta. Rezo para que Dios os dé claridad de visión para ver la verdad y ayudar a vuestros hermanos en peligro».

María Martínez y J. A. Méndez