¡Preciosa herencia! - Alfa y Omega

El Papa Francisco, el pasado viernes, en su homilía en la residencia de Santa Marta, confesaba que lloró ante «la noticia de cristianos crucificados». La lectura de la Misa relataba la persecución que sufrieron los apóstoles al anunciar a Cristo resucitado, cómo habían sido flagelados por el Sanedrín. «También hoy -dijo el Papa- hay gente que mata, persigue. ¡Y también hoy -añadió- hay tantos que, como los apóstoles, se sienten dichosos por haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús!» Subrayó el Santo Padre «la alegría de los mártires cristianos», evocando cómo, «en algunos países, sólo por llevar el Evangelio vas a la cárcel. Tú no puedes llevar una cruz: te harán pagar la multa. Pero el corazón se siente feliz».

Semanas atrás, el 4 de abril, también en la Misa de Santa Marta, el Papa ya decía que, «cuando se anuncia el Evangelio, podemos ser perseguidos», y recordó que hoy en día hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia, e instó a todos a no tener miedo a la incomprensión y a las persecuciones, como hacemos también en la portada de este número de Alfa y Omega. Y el mundo se pregunta: «¿Cómo es posible, en tal situación, no tener miedo, ¡e incluso tener alegría!?» Porque el testimonio de la alegría de los mártires, la de los primeros al comienzo de la Iglesia y la de los más numerosos aún del último siglo, es incontestable. Sólo la fe da cumplida respuesta.

«Auméntanos la fe», le dijeron a Jesús los apóstoles; y Él les dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería»: así lo cuenta el evangelista san Lucas, dejando claro que, para Jesús, sólo la fe es fe: ¡no se puede creer a medias!, y nadie lo ratifica mejor que los mártires, de quienes las catacumbas romanas dan precioso testimonio. No se excavaron por huir de la persecución. Suele pensarse que ir a las catacumbas significa esconderse y replegarse. No es así. Testimonian, sí, el realismo de la persecución, pero a la vez la valentía, y el gozo, de la fe. Eran los cementerios, es decir, dormitorios, donde los muertos de la mano de Cristo esperaban la resurrección, y donde aquellos cristianos de los inicios dejaron una huella preciosa de su fe, estímulo formidable, sin duda, para los cristianos de hoy.

Lo dijo el hoy ya san Juan Pablo II, en 1996, a la Pontificia Comisión de Arqueología Sacra: «Acercándose a las catacumbas de las primeras generaciones cristianas, los cristianos de hoy pueden encontrar motivos de estímulo para su vida y para un compromiso más incisivo en la nueva evangelización». No era el miedo, ciertamente, ni la pesadumbre, lo que dictaba estas palabras del Papa del ¡No tengáis miedo! Como tampoco estas otras, a la misma Comisión Pontificia, en 1998, que ponen bien el acento en la respuesta a esa bella paradoja de la alegría de los mártires: «Las catacumbas, a la vez que presentan el rostro elocuente de la vida cristiana de los primeros siglos, constituyen una perenne escuela de fe, esperanza y caridad. Conservan -¡he ahí la luminosa respuesta!-, entre otras cosas, las tumbas de los primeros mártires, testigos de una fe límpida y solidísima, que los llevó, como atletas de Dios, a salir victoriosos de la prueba suprema». La fe, sí, la verdadera fe, límpida, aun tan pequeña como un granito de mostaza. Y al mismo tiempo tan fecunda que en ella está toda la fuerza de la misión de la Iglesia, la única esperanza verdadera para el mundo. «En el silencio de las catacumbas -continuaba el Papa-, el peregrino del año 2000 puede reencontrar o reavivar su identidad religiosa en una especie de itinerario espiritual que, partiendo de los primeros testimonios de la fe, lo lleve hasta las razones y las exigencias de la nueva evangelización».

La persecución a los cristianos ahí está, hoy más intensa aún que en los comienzos de la Iglesia, pero como entonces es preciosa ocasión de vivir la fe en toda su verdad: ante todo, es don de Dios. Basta ponerse en sus manos -eso exactamente es la fe-, y el miedo y la pesadumbre se convierten en valor y en alegría, capaces, a su vez, de hacer un mundo nuevo. La historia cristiana no ha dejado de dar buena prueba de ello. En la Exhortación de Benedicto XVI Ecclesia in Medio Oriente, de 1012, fijando la mirada allí donde hoy más fuertemente se ataca a los cristianos, no duda en animarles «a promover toda iniciativa de paz y reconciliación, incluso en medio de las persecuciones, para ser de verdad discípulos de Cristo según el espíritu de las Bienaventuranzas». Persecución en la fe y gozo, ciertamente, van siempre de la mano.

Es esta fe límpida, esta alegría de los mártires, lo que nos pedía imitar el Papa del ¡No tengáis miedo! en la significativa ocasión del Jubileo del año 2000, evocando las memorias preciosas de los Testigos de la fe en el siglo XX. Lo hizo «en el sugestivo marco del Coliseo, símbolo de las antiguas persecuciones. Es una herencia -subrayó Juan Pablo II- que no se debe perder y que se ha de trasmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación». ¡Preciosa herencia! ¡La única indispensable!