Nos preocupa que la unidad de España pueda romperse
«Nos preocupa que la unión fraterna entre todos los ciudadanos de las distintas comunidades y territorios de España, con muchos siglos de historia común, pudiera llegar a romperse». Con estas rotundas palabras, se expresaba el cardenal Rouco, Presidente de la Conferencia Episcopal, en la apertura de la Asamblea Plenaria de otoño. Faltan pocos días para la clausura del Año de la fe, y el arzobispo de Madrid hizo un balance, atendiendo a «algunas circunstancias del momento actual», como la crisis económica, los ataques a la unidad de España, «la preocupación por el presente y futuro del matrimonio y de la familia» y la tragedia de Filipinas. Ofrecemos lo esencial de su discurso:
El domingo que viene, el Papa Francisco cerrará solemnemente el Año de la fe convocado por Benedicto XVI. En esta Asamblea se nos ofrece una buena ocasión para hacer un cierto balance de nuestra labor como maestros y testigos cualificados de la fe en nuestras diócesis, o Iglesias particulares, y también en el conjunto de la Iglesia que camina en España, o Iglesia local, procurando, no obstante, como siempre hemos hecho, no caer en localismos estrechos, sino abiertos, con auténtico espíritu católico, a una mirada universal. (…) El Año de la fe sólo cumplirá sus objetivos si nos ha ayudado a todos a despertar nuestra conciencia acerca de la magnitud del reto planteado por la crisis de la fe en tantas personas; una crisis que nos afecta también a nosotros —pastores, consagrados y laicos— cuando vivimos inmersos en la mundanidad espiritual, según denuncia con frecuencia el Papa Francisco (…).
No podemos hacer el balance del Año de la fe, sin atender a algunas circunstancias del momento actual (…) con claras implicaciones humanas y morales de notoria relevancia para el bien común.
En esta Plenaria se elegía a un nuevo secretario general. «Deseo agradecerle, en nombre de todos los hermanos, a monseñor Martínez Camino sus muchos años de sacrificado servicio a esta casa», decía el cardenal Rouco. El arzobispo de Madrid aludió también a la beatificación de mártires de Tarragona. «Fue aquel un domingo luminoso que hará historia», dijo. Tal como exhortaba el Papa en su vídeomensaje, podemos no sólo imitar la actitud de estos mártires, sino acudir a su intercesión, ya que «ellos comprenden muy bien nuestras dificultadas en el camino de la fe. Ellos se vieron dramáticamente inmersos en la noche del ateísmo del siglo XX. Pero permitieron que la luz de la fe brillara en las tinieblas de esa noche. (…) Confiamos en que su memoria y su culto vayan convirtiéndose poco a poco en una referencia normal y habitual en la obra de la evangelización del tercer milenio», añadió. «La cultura de la muerte, que ensombrece los grandes logros del mundo moderno, ha de ser iluminada por la luz de la fe. Ha de ser alumbrada una esperanza más fuerte que la muerte», como la de los mártires. «En comunión con ellos, avanzará la nueva evangelización».
Además, el cardenal anunció que el catecismo Testigos del Señor, para preadolescentes, aprobado en la última Plenaria, ha sido aprobado por el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, y verá la luz próximamente.
• La crisis económica que padece España (…) exige todavía un esfuerzo continuado y generoso. Es necesario reducir sustancialmente el paro, en particular el que sufren tantos jóvenes, que incluso no han podido acceder nunca a un puesto de trabajo. Este esfuerzo demanda una conversión moral de todos los agentes sociales, que ha de manifestarse no sólo en unos comportamientos respetuosos de las exigencias fundamentales de la justicia y de la solidaridad, sino, además, en actitudes de generosidad desprendida en favor del prójimo. Es lo que Benedicto XVI llama la actitud de la gratuidad.
El principio de la gratuidad está activo en la ayuda generosa que los fieles y otras personas prestan a los que más sufren la crisis, a través de la organización oficial de la caridad de la Iglesia, que son las Cáritas parroquiales, diocesana y su federación nacional, y a través de otras organizaciones o personalmente. Es justo reconocerlo y agradecerlo. Sin esta ayuda, la situación de muchos resultaría insostenible. Pero, además, la gratuidad ha de expresarse en las relaciones económicas de todo tipo, como se explica en Caritas in veritate.
• Nos preocupa también que la unión fraterna entre todos los ciudadanos de las distintas comunidades y territorios de España, con muchos siglos de historia común, pudiera llegar a romperse. En los últimos once años, la CEE ha aclarado, en tres ocasiones los criterios morales y pastorales, de justicia y caridad —criterios que podemos calificar de prepolíticos—, según los cuales habrían de orientarse las conciencias de los católicos y que ofrecemos también a todos los que deseen escucharnos. Esos criterios están hoy plenamente vigentes y toman su fuerza de la doctrina social de la Iglesia acerca de los principios que deben regir la vida de la comunidad política en orden a la promoción del bien común. La unidad de la nación española es una parte principal del bien común de nuestra sociedad que ha de ser tratada con responsabilidad moral. A esta responsabilidad pertenece el respeto de las normas básicas de la convivencia —como es la Constitución española— por parte de quienes llevan adelante la acción política.

• Sigue viva también la preocupación por el presente y futuro del matrimonio y de la familia. Sus problemas siguen siendo muy graves y de honda repercusión para el conjunto de la sociedad. Es verdad que las leyes no son ni pueden ser la única, ni tal vez la principal, solución de estos problemas. Pero las leyes injustas contribuyen mucho al agravamiento de los problemas. Reiteramos una vez más la necesidad de leyes reconocedoras y protectoras del matrimonio y de la familia. La actual legislación, que ni siquiera reconoce la realidad humana del matrimonio en su especificidad (…), debe ser corregida, porque compromete seriamente el bien común.
Pero el egoísmo, que triunfa en la vida matrimonial y familiar de España tal vez como en ningún otro campo de las relaciones sociales, debe ser combatido también en el ámbito de la educación en general y, por supuesto, de la formación católica y de la atención pastoral matrimonial y familiar. El Papa Francisco ha puesto de relieve la trascendencia del problema al convocar nada menos que dos Sínodos de los Obispos consecutivos, en dos años, sobre la familia y su evangelización. Los procesos sinodales se presentan como ocasiones providenciales no sólo para tomar conciencia más honda y precisa sobre la situación real de la pastoral familiar en nuestras diócesis, sino también para revisar nuestro compromiso y mejorar nuestra atención en este campo. (…) Nosotros, como Iglesia, nos empeñaremos más aún en acompañar a los jóvenes hacia el matrimonio, y a las familias —jóvenes y no tan jóvenes— en ese camino suyo de toda una vida. (…) Y, al mismo tiempo, solicitaremos con todo respeto e incansable insistencia a nuestros gobernantes un giro positivo de la legislación y de la política sobre el matrimonio y la familia.
«En España —dijo el cardenal Rouco—, las relaciones entre la Iglesia y el Estado están suficientemente bien reguladas por los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español firmados en 1979. Los Acuerdos reflejan fielmente tanto los principios enseñados por el Concilio Vaticano II a este respecto, como los que emanan de la Constitución española de 1978, especialmente de lo que ésta establece en los artículos 16 [libertad religiosa] y 27 [derecho a la educación y libertad educativa], máxime si son interpretados a la luz de lo que prescribe el artículo 10, 2 [Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España]».
En la constitución conciliar Gaudium et spes —recordó el arzobispo de Madrid—, se lee que «la comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente en bien de todos, cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas…».
• Nos preocupa también que las heridas causadas por el terrorismo a tantas víctimas y a la sociedad entera no se curen por el camino del arrepentimiento, del propósito de la enmienda y de la satisfacción de las víctimas. Es decir, que no se curen en su raíz por el camino del perdón y de la misericordia buscada, aceptada y concedida de corazón.
• En el ámbito más amplio de la comunidad internacional, recordamos hoy al pueblo filipino, al que, como católicos y como españoles, nos sentimos particularmente unidos. (…) La tragedia que está sufriendo en estos días nos apena hondamente y nos mueve a la oración por las víctimas y por tantas personas que lo han perdido todo. Invitamos a todos a prestar también la ayuda material que sea posible a través de Cáritas española, la federación de nuestras Cáritas diocesanas, uno de cuyos encargos principales es acudir más allá de nuestras fronteras ayudando a ayudar a las Cáritas locales, en este caso, a las de la Iglesia local de Filipinas (…).
• También queremos llamar la atención acerca de los dramas que padecen tantos cristianos sometidos a presiones y persecuciones de diverso tipo en varias partes del mundo. (…) Nuestras comunidades y nuestros gobernantes deberían buscar los caminos más adecuados para prestar una ayuda efectiva en la solución de los problemas más acuciantes.
En su saludo a la Plenaria, el nuncio de Su Santidad, monseñor Renzo Fratini, aludió a cómo el Papa entiende «la labor de un verdadero pastor», y recordó algunas intervenciones del Pontífice, como la de Río, durante la JMJ, cuando dijo: «Los obispos han de ser pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza…, simplicidad y austeridad de vida…».
Monseñor Fratini habló además sobre la visita ad limina que realizarán los obispos del 24 de febrero al 8 de marzo. «Este encuentro con el Santo Padre, expresión también del afecto colegial, exige en su realización una diligente preparación», dijo. «La visita expresa la responsabilidad de los obispos como sucesores de los apóstoles, y es ocasión de fortalecimiento de la comunión con el sucesor de Pedro, creciendo en la unidad con la Iglesia universal. Sería de desear que este momento importante para la vida de la misma Iglesia particular, revirtiera en un plan pastoral diocesano que remarque un camino nuevo en la caridad, entre todos los agentes que colaboran en la acción pastoral».
Por último, aludió a la importancia a la reciente beatificación de 522 mártires: «Aprovecho esta oportunidad para felicitarles por este evento de gracia para la Iglesia que peregrina en España. La hermosa celebración realizada en Tarragona, de honda remembranza en los antiguos anales de la historia de la Iglesia en España, nos ha ofrecido la ocasión de reafirmar nuestro compromiso cristiano de ser testigos sinceros y firmes en la fe».