«No vivimos en un país de celestinas ni de quijotes» - Alfa y Omega

«No vivimos en un país de celestinas ni de quijotes»

ENTREVISTA / El jesuita e historiador Fernando García de Cortázar (Bilbao, 1942), colaborador de Alfa y Omega, suma a su vasta producción (más de 60 libros) su segunda novela, Alguien heló tus labios, publicada en Kailas. Su objetivo es promover lo que denomina un «patriotismo cultural», presentando episodios significativos de los siglos XVI y XVII en España, junto a grandes figuras como Goya, Velázquez o Lope de Vega. De este último toma prestados unos versos de su elegía a la muerte de su pequeño hijo Carlos Félix, que utiliza para dedicarle el libro a su recientemente fallecido secretario, José Ignacio Echániz, coordinador del Aula de Cultura de ABC

Ricardo Benjumea
Foto: Kailas

Cuando hace unos pocos años te preguntaban si algún día escribirías una novela histórica, lo negabas rotundamente. Con esta, vas por la segunda…
El estilo siempre me ha preocupado muchísimo en toda mi producción. Por eso algunos me decían que, tarde o temprano, acabaría incurriendo en la ficción. Pero en realidad he tratado de hacer lo mismo que siempre: instruir entreteniendo. No hay nada más apasionante que la historia. En este caso, lo que he hecho es mezclar personajes reales y no reales, aunque un personaje creado tiene una parte real si está bien planteado, sin anacronismos, como a veces encontramos en ciertas novelas.

Tu objetivo es más ambicioso que entretener. Te propones «cantar las baladas de España».
Ese es un objetivo clarísimo. Por primera vez en la historia una parte del territorio niega la existencia de España. En distintas guerras civiles, nos hemos peleado pero cada uno tenía una idea de España, aunque fuera distinta. Lo novedoso ahora es que alguien diga que España no tiene realidad ni sentido, ni puede por tanto desatar un sentimiento. Este libro trata de transmitir la realidad de España desde el momento en que Madrid es elegida capital del imperio. Se centra en dos siglos definitivos para nuestra historia, los siglos XVI y XVII. Como decía Lope de Vega en La Dragontea, «¡Oh patria, cuántos hechos, cuántos nombres, cuántos sucesos y victorias grandes…», pero teniendo quien los haga, España no ha tenido quien cante sus baladas, sobre todo en los últimos tiempos.

¿Se ha descuidado la ficción, el sentimiento?
Absolutamente. Se han llevado el santo y la limosna la izquierda y los nacionalismos. Y el resto tenemos que estar continuamente justificándonos. ¿Por qué se relaciona la idea de nación española con la extrema derecha? Eso es tristísimo y además falso. Nos ha hecho mucho daño el franquismo.

Hay que demostrar la razón de España, pero también provocar un sentimiento de adhesión. Quien conozca el siglo XVI español tiene que quedar fascinado. Hay dos grandes acontecimientos que nos afectan especialmente a los jesuitas: el Concilio de Trento y el descubrimiento de América. En Trento, hay una nueva fundamentación de nuestra relación con Dios, y los teólogos españoles, frente a la Omnipotencia divina, defienden la autonomía del hombre, que no es simplemente una criatura sumisa. Esa idea del hombre es la que cuaja después en las ideas de la Ilustración. En cuanto a América, su descubrimiento provoca una verdadera convulsión, y se presenta la pregunta: los habitantes de este territorio, ¿tienen los mismos derechos que nosotros? Es impresionante la respuesta que da la Escuela de Salamanca en el siglo XVI. Francisco de Vitoria, en cualquier otro país, sería venerado como un genio, porque es quien pone las bases del derecho internacional. ¿Y Francisco Suárez y su idea de libertad? Eso es lo que quiero reivindicar, sin sacar pecho ni por supuesto levantar el brazo.

Es un libro patriota, no patriotero… De hecho la trama está llena de intrigas y mezquindades.
Junto al esplendor se muestra la ceniza, porque así fue la realidad. Yo no soy pesimista, a diferencia de muchos de los personajes que aparecen, como el conde duque de Olivares; él, que es en buena parte constructor de España, siente que ha fracasado. Y desde el comienzo meto a Goya, lo que me da pie a hablar de los desastres de la guerra o de la pintura española, que es de un realismo justiciero enorme, cosa que no existe en el resto de países. Nuestros pintores pintan la realidad como la ven, no la mitifican. Comparemos el retrato de Isabel I en la National Gallery, investida con los atributos de la diosa Astrea, con el Felipe II de Sánchez Coello que aparece en la portada de este libro: ¡un rey burócrata! O el cuadro de la familia de Carlos IV. Cualquier rey hubiera ordenado ejecutar a un pintor que muestra esa imagen de fin de raza, de estólidos… O el Inocencio X de Velázquez. Cuando el Papa vio el cuadro, en el que no se le ahorraba ni una arruga ni un ápice de ansia de poder en la mirada, dijo aquello de: «Troppo vero!» («¡Demasiado real!»). Algo análogo ocurre en nuestra política. En un momento en que todos los países están tratando de fundamentar el origen divino del poder, en España se defiende que debe estar enraizado en el bien común. Fueron unos verdaderos adelantados nuestros antepasados, pero hoy muchos españoles no saben esto.

¿Qué es ese «patriotismo cultural» que propugnas?
¿Cómo no enamorarse de un país con un pintor como Velázquez, con poetas como Quevedo y Lope de Vega, o con juristas y teólogos como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez…? Pero muchas veces también «helaron nuestros labios». Los congelaron, y en lugar de cantar, nos hicieron llorar. Llamativamente eso obedece también a la gran tradición literaria española. España es una gran creadora de mitos literarios. Hemos creado El Cid, la Celestina, don Quijote y Sancho, don Juan, la figura de Carmen… Y eso a veces nos ha hecho daño, porque no vivimos en un país de celestinas ni de quijotes. También tenemos cierto sentido de la economía…

Y hemos tenido una fortísima poesía. Claro que, a veces, pasa que nos hacemos más fuertes en el dolor que en la alegría, en la pena que en la gloria… Si leemos el maravilloso soneto de Quevedo («miré los muros de la patria mía…»), transmite un sentimiento de desolación, aunque en el momento en que escribe Quevedo, otro protagonista de mi novela, España sigue siendo un país hegemónico, que precisamente por envidia va a suscitar lo que, en el siglo XX, se llamaría la leyenda negra. Nos hemos creído la tontuna que nuestros enemigos han dicho sobre nuestro papel en América, pero la realidad es que España trasvasa inmediatamente sus universidades al nuevo mundo, cosa que no hizo ningún otro país. Y esa imagen de que imponemos la religión y la lengua a golpe de sable no es cierta. Podemos recordar que el mapa lingüístico americano no se completa hasta finales del siglo XIX, precisamente porque la Iglesia fomenta la evangelización en las lenguas vernáculas.

Foto: Francis Silva

Afirmas al final del libro: «España está al borde de un exilio moral». ¿Por qué?
No quiero ser alarmista, pero creo que estamos viviendo un momento de tremendo descreimiento y relativismo con esa agresión continua del nacionalismo. Prácticamente España está exiliada moralmente. La crisis económica y de valores ha provocado en Cataluña un aumento enorme del independentismo a base de generar utopías, de generar consuelo basado en mentiras o en trampas («España nos roba»), pero así ha conseguido que algo que era prácticamente marginal hace unas décadas tenga ahora una fuerza enorme. ¿Por qué en el resto de España la crisis no ha reforzado los vínculos de solidaridad entre las regiones, los vínculos emotivos entre nosotros, la adhesión a España para salir todos juntos de la crisis? Se nos ha insistido en que la economía iba bien, pero se han descuidado otros aspectos. En esto, tendríamos que aprender de los nacionalismos.

Para un liberal como tú, la respuesta de manual ante estos problemas ¿no sería la superación del Estado nación, más que su reivindicación?
Yo diría que no. No me parece que vaya por ahí la historia. ¿Tú crees que Europa quiere hoy superar los Estados nación? Sería un problema que nosotros nos aplicáramos ese remedio mientras los demás países aumentan su conciencia nacional. Y no hablemos de los nacionalismos, que están claramente intentando crear nuevos estados. Debemos tener una conciencia europea, pero basada en una realidad española, francesa o alemana; un sentimiento de patria más que de nación, un sentimiento cívico de preocupación por los demás que abarca la adhesión a la idea de España, pero también la idea de la libertad, la democracia…

La falta de consenso político y social hoy en España sobre temas esenciales, ¿tiene que ver con esa ausencia de una concepción común sobre de dónde venimos, quiénes somos, adónde vamos…?
Mientras en otros países, dígase Inglaterra o Francia, se ha utilizado la historia como elemento integrador de cohesión, para preservar y fomentar la conciencia nacional, en España ha ocurrido lo contrario, con esa entrega de la educación a las autonomías. Y no es una cuestión solo de los nacionalismos, que tratan de construir sus naciones a base de falsificar la historia. Yo siempre he dicho que la historia es la partera de la nación, y donde no hay historia, se inventa, se mitifica. Pero tenemos además este localismo regionalista tan lesivo para la conciencia nacional. En autonomías sin vocación independentista se reproduce el mismo fomento obsesivo de lo local. Yo creo que el sistema escolar ha hecho mucho daño a la conciencia nacional.

Al rey le has regalado un ejemplar de la novela…
Desde hace muchos años he tenido cierto contacto con él y siempre me ha insistido en la importancia de la historia, sobre todo a raíz de mi serie en TVE Memoria de España.

…a pesar de que algunos de sus predecesores no salen especialmente favorecidos en tus retratos.
Bueno… Fernando el Católico fue un rey importantísimo, sería el que yo más destacaría. También Carlos V, pero se dedicó tanto a guerrear por Europa… Felipe II no creo que desatara grandes emociones con su carácter, que le hacía estar más a gusto en Simancas, consultando papeles. Y muchos reyes han sido puramente cazadores. De hecho, la elección de Madrid como capital del imperio pudo obedecer a que existían terrenos de realengo cómodos para el rey.

Probablemente en España no existe una gran conciencia monárquica. Tenemos un sentido utilitario de los reyes: si nos sirven, pues muy bien, pero no ha habido una adhesión emocional como pueda existir en Holanda o en Inglaterra.

¿Y qué percepción han tenido los españoles de la Iglesia?
Gerald Brenan planteaba que la desamortización en el siglo XIX, que asustó y empobreció a la Iglesia, provocó además un enorme distanciamiento con respecto al pueblo. Antes había un estrecho contacto con las personas, aunque fuera como aparceros. Para el campesinado, la situación empeoró con los nuevos dueños de las tierras. En cuanto a la Iglesia, durante los siglos XIX y el XX, se echó en manos de la burguesía: la burguesía se cristianizó y la Iglesia se aburguesó. Por eso el alejamiento del pueblo. Además, probablemente, la Iglesia no supo crear una conciencia social entre los fieles.