Llegaron al aeropuerto de madrugada. Era domingo. Ella esperaba noticias a 300 kilómetros de distancia. Se levantó temprano y cogió el móvil. Ninguna señal. Empezó a ponerse nerviosa. Tres horas más tarde del aterrizaje, la abuela se comunicó con ella. Habían llegado bien. Estaban en la capital, camino de la oficina de extranjería: «No hemos podido solicitar asilo. Nos envían a la ciudad». Esperaron su turno a la puerta de la oficina, sentados encima de las maletas. No podían atenderles. Debían volver al día siguiente. Les entregaron un papel con la dirección del albergue municipal donde podrían alejarse unos días. La abuela no entendía y el niño estaba cansado. Llamó de nuevo a su nuera. El desconcierto aumentaba.

«No os quedéis. Compra dos billetes de autobús y veníos donde yo estoy», le dijo. Quería ver a su hijo. Necesitaba estar junto a él. El lunes por la mañana, sin dormir y tras cuatro horas de autobús, se dieron el primer abrazo. Había pasado ya un año. En aquel momento olvidó los complicados trámites para conseguir la autorización de viaje, las horas de trabajo para comprar los billetes, los nervios esperando noticias de su llegada a España.

Dejaron los bultos en la habitación donde residía ella desde hacía un mes y se fueron a la policía, donde debían realizar la manifestación de voluntad de solicitar asilo. Llovía mucho. Les citaron al día siguiente y se volvieron a casa. La abuela y el niño, de 10 años, no tenían plaza en la casa donde estaba la madre. Debían esperar la respuesta del ministerio. Ella tenía miedo de que los separasen. Y se metieron en casa sin decir nada.

Por la tarde subí a la vivienda para saber cómo estaban y qué habían decidido. «Lo siento. El niño tiene que estar con su madre. Se queda conmigo». No estaba permitido. Esa noche durmieron los tres juntos, incumpliendo la normativa. Cuatro días después se solucionó la situación. El niño se alojó con su madre y a la abuela le ofrecieron otro recurso. Fueron su coraje, su amor, su lucha, las que aceleraron, probablemente, el proceso para estar juntos. Pero ¿qué no haría una madre por su hijo? Gracias a todas esas mujeres que, con su valentía, son profetas de una sociedad más humana.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad