La sorpresa ecuménica de Benedicto XVI

Cuando nadie lo había previsto, Benedicto XVI ha impulsado un auténtico movimiento telúrico en las relaciones entre las confesiones cristianas separadas por seculares cismas. Anglicanos que regresan a la Iglesia católica, líderes ortodoxos que estudian cómo recuperar la unidad con el catolicismo, hijos de la Reforma protestante que se replantean el motivo histórico de la separación…

Jesús Colina. Roma
El arzobispo anglicano de Perth (Australia), monseñor Peter Canley, rezando con miembros de la Iglesia anglicana en la catedral de Saint James, en Seattle (Estados Unidos)

Cuando nadie lo había previsto, Benedicto XVI ha impulsado un auténtico movimiento telúrico en las relaciones entre las confesiones cristianas separadas por seculares cismas. Anglicanos que regresan a la Iglesia católica, líderes ortodoxos que estudian cómo recuperar la unidad con el catolicismo, hijos de la Reforma protestante que se replantean el motivo histórico de la separación…

Hasta hace poco más de un mes, el ecumenismo, según reconocían abiertamente los mismos expertos, parecía encontrarse estancado. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, superado el entusiasmo inicial de la nueva era de relaciones entre las distintas confesiones cristianas, todo parecía indicar que separaciones de varios siglos, o incluso de un milenio, tardarían mucho tiempo en cicatrizar. Y sin embargo, Benedicto XVI, en primer mensaje de su pontificado, escrito el 20 de abril de 2005, anunció que asumía «como compromiso prioritario trabajar, con el máximo empeño, en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo». Y añadía: «Hacen falta gestos concretos que penetren en los espíritus y sacudan las conciencias, impulsando a cada uno a la conversión interior, que es el fundamento de todo progreso en el camino del ecumenismo».

Terremoto entre los anglicanos

Y los gestos concretos han llegado y han sorprendido. El que más impacto ha tenido en los medios de comunicación ha sido la decisión del Papa de crear Ordinariatos personales (por explicarlo de algún modo: diócesis no ligadas a territorios) para acoger a los anglicanos que quieren recuperar la plena comunión con la Iglesia católica, manteniendo su tradición litúrgica y cultural. Se trata de un auténtico giro para la historia del cristianismo, pues unos 30 obispos y al menos 500 mil fieles anglicanos ya han mostrado su interés por dar este paso. Y, como suele suceder en estos casos, es difícil de imaginar qué sucederá con el resto de los 70 millones de anglicanos del mundo, entre los cuales, muchos han perdido la práctica religiosa.

El próximo paso en este sentido tendrá lugar el próximo 21 de noviembre, cuando el Papa reciba en audiencia privada al arzobispo de Canterbury, el doctor Rowan Williams, Primado de la Comunión anglicana. A diferencia de su predecesor en el cargo, y en contra de la interpretación que han hecho algunos medios de comunicación, la acogida que el Papa ofrece, con esta nueva medida, a los anglicanos no es vista por Williams como una agresión, sino más bien como la prueba de los pasos extraordinarios que ha realizado el camino hacia la unidad de los cristianos en estas cuatro décadas. De hecho, la Constitución apostólica del Papa supone un reconocimiento de la riqueza espiritual y litúrgica que en estos siglos ha desarrollado el anglicanismo, algo que, como es lógico, Williams, agudo teólogo, aprecia profundamente. En la declaración que publicó, después de que el Vaticano anunciara el nuevo paso del Papa para acercarse a los anglicanos, el mismo Primado anglicano aseguró que ve en este gesto una muestra de la cooperación que debe darse entre las dos Iglesias. El próximo encuentro entre el Papa y el líder anglicano permitirá comprender mejor cuáles serán los próximos pasos y los posicionamientos en el seno de la Comunión anglicana.

Benedicto XVI con el metropolita de Smolensk y Kaliningrado, Kiril, Patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa

Tsunami, entre los ortodoxos

Las relaciones que ha impulsado Benedicto XVI con las Iglesias ortodoxas han merecido menos interés en los medios de comunicación, quizá por simple ignorancia de esas realidades orientales, pero el impacto podría ser mucho más fuerte. El tsunami ecuménico se abatió sobre la isla de Chipre, donde se celebró, del 16 al 23 de octubre, la reunión de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto.

La reunión era una auténtica bomba para todos aquellos que se oponen al diálogo entre católicos y ortodoxos. Estas cumbres habían sido boicoteadas desde el año 2000, en particular por la Iglesia ortodoxa rusa, en oposición al renacimiento, tras el comunismo en Europa del Este, de las comunidades de católicos de rito oriental, que tienen la misma tradición y liturgia de los ortodoxos, pero reconocen el primado del obispo de Roma.

El hecho de que un Papa polaco ya no esté al timón de la barca de Pedro ha permitido despejar miedos entre la Ortodoxia rusa y recuperar este diálogo. Y Benedicto XVI ha propuesto ir al grano: afrontar el tema de fondo que separa a católicos y ortodoxos: el papel del Papa. Por este motivo, en la reunión de Pafos (Chipre), veinte representantes católicos y representantes de prácticamente todas las Iglesias ortodoxas, estudiaron la manera en que el Papa ejercía su primacía en el primer milenio del cristianismo, cuando ortodoxos y católicos todavía mantenían la comunión.

Se responde así finalmente a la propuesta que lanzó, el 25 de mayo de 1995, Juan Pablo II, con su encíclica sobre el ecumenismo, Ut unum sint, en la que proponía «encontrar una forma de ejercicio del primado [del Papa] que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva». Esto es posible, añadía, pues «durante un milenio los cristianos estuvieron unidos por la comunión fraterna de fe y vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común, la que moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en materia de fe o de disciplina».

En la reunión de Chipre, como era de esperar, no se pudo llegar a un documento final, pero ya se cuenta con un borrador, que según han declarado los representantes católicos, constituye «una buena base para nuestro trabajo». Ese borrador seguirá siendo trabajado y analizado en la reunión de esta Comisión, convocada para el próximo año.

Ahora bien, si por segunda vez en la Historia se comienza a ver una senda para la superación del cisma ortodoxo (la primera vez tuvo lugar con el Concilio de Florencia, entre 1438 y 1445), la reunión de Chipre ha obligado a los ortodoxos a tomar una posición: avanzar en el diálogo con el catolicismo, o bloquearlo. No les dejaron otra disyuntiva los fanáticos anticatólicos que organizaron manifestaciones de protesta contra la reunión en la isla chipriota. La Policía de Chipre tuvo que arrestar a cuatro de ellos (dos monjes del monasterio de Stavrovunio), que bloquearon el acceso al lugar del encuentro de diálogo. Las protestas y amenazas obligaron a todos los líderes ortodoxos a salir en defensa de sus hermanos católicos y a declarar unánimemente su compromiso a favor del diálogo con los católicos.

En definitiva, ahora no hay marcha atrás (algo que en el pasado ya había sucedido), en coherencia con la palabra dada. Los fanáticos, sin saberlo, han hecho el mejor servicio que podrían ofrecer al ecumenismo.

Una sesión del Concilio Vaticano II

El ovillo protestante se complica

En la relación con los protestantes, Benedicto XVI tampoco se ha quedado con los brazos cruzados. Este domingo, sin ir más lejos, recordó los diez años de la firma junto a la Federación Luterana Mundial de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación. En el año 2006, ha añadido su firma a este documento el Consejo Metodista Mundial. El texto tiene una importancia decisiva, pues supera la chispa teológica que provocó el cisma de Martín Lutero, logrando una exposición compartida por católicos y protestantes sobre la relación entre la fe y las obras. Ese documento, el más importante de la Historia en el diálogo ecuménico, desde tiempos de la Reforma, tuvo por principal autor católico al cardenal Joseph Ratzinger.

Ahora bien, el camino hacia la unidad con los protestantes es mucho más largo que la senda que une a católicos con ortodoxos y anglicanos. La negación de algunos sacramentos, en particular la pérdida de la fe en la Eucaristía, o la renuncia a la tradición apostólica de los obispos como sucesores de los apóstoles, impide un acercamiento inmediato. Harán falta décadas de profundización teológica. En este sentido, no ayudan, por ejemplo, decisiones como la que tomó la semana pasada el Consejo de las Iglesias Evangélicas Alemanas (EKD), de elegir como Presidenta a la obispa luterana de Hannover, divorciada, la primera mujer que ocupa este cargo. Margot Kaessmann, de 51 años, famosa por su participación en programas de televisión, conocida como la obispa pop, recibió 132 de los 142 votos del sínodo del EKD, grupo paraguas de 22 Iglesias luteranas, reformadas o unidas.

Jesús Colina. Roma