«¿Qué pasaría en la sociedad española —preguntaron en la rueda de prensa, el pasado viernes, al ser presentada la última Memoria anual de la Iglesia en España— si, en el momento que vivimos tan delicado, no estuviera la Iglesia católica con su actuación?». El vicesecretario de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal respondió que no es fácil de imaginar; «pero pensemos —añadió— que 4 millones de personas en situación de necesidad no podrían acudir a los centros de la Iglesia y tendrían que acudir a otro sitio»; ¿y dónde le darían lo que realmente necesitan, que ciertamente no es sólo pan? «Pensemos que hay más de 10 millones de personas que acuden semanalmente a recibir alimento espiritual, a recibir un sentido para su vida. Es fácil, más o menos, dar sentido a la vida cuando uno tiene la cartera llena y las necesidades cubiertas, pero cuando eso no ocurre, que suele ser en la mayoría de los casos, uno tiene que agarrarse a otras cosas, y necesita esa dimensión trascendente que recibe, precisamente, en ese tesoro que tiene depositado la Iglesia». El papel de la Iglesia en la situación tan crítica que vive la sociedad española —concluyó don Fernando Giménez Barriocanal— no puede mostrarse más «insustituible».
¿Que otras instancias, que no son la Iglesia, pueden dar pan a tantos necesitados? Sin duda, pero es ya bien significativo que adonde acuden a buscarlo es precisamente a la Iglesia. Sería muy poco, sin embargo, si sólo hallaran el pan. Hablando de quienes prestan ayuda en las organizaciones caritativas de la Iglesia, en su primera encíclica, Deus caritas est, Benedicto XVI reconoce que deben tener «competencia profesional, pero —añade inmediatamente— por sí sola no basta». Quienes acuden a la Iglesia son «seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad»; y cuantos trabajan en la acción caritativa de la Iglesia, por tanto, «deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también, y sobre todo, una formación del corazón: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento, por así decir, impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad».
Porque la fe, sencillamente, es vida, es la vida en plenitud, y por eso, como dijo Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor, de 1993, «afecta a toda la existencia». Si no es así, por mucho pan que se diera a los pobres, quedarían vacíos. He ahí por qué decía entonces el Papa que «urge recuperar y presentar el verdadero rostro de la fe cristiana». La auténtica fe «no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente: es un conocimiento de Cristo vivido personalmente». El rostro de la fe, en efecto, no es otro que el rostro de Cristo. Así lo dijo el mismo Juan Pablo II en esa especie de memoria programática que es su Carta al comienzo del nuevo milenio, en 2001: «Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, nuestra programación pastoral se inspirará en el mandamiento nuevo que Él nos dio: Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros… Muchas cosas, también en el nuevo siglo, serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia; pero si faltara la caridad, todo sería inútil». Ya en su Carta Tertio millennio adveniente, de 1994, dejaba bien claro que la caridad no es simple filantropía ni puede reducirse a dar sólo pan, pues «ella tiene en Dios su fuente y su meta». ¡Nada menos!
En el funeral de Don Giussani, a dos meses apenas de ser elegido Papa, el entonces cardenal Ratzinger subrayaba que «quien no da a Dios, da demasiado poco, y quien no da a Dios, quien no lleva a encontrarlo en el rostro de Cristo, no construye, sino que destruye, porque hace que se pierda la acción humana en dogmatismos ideológicos y falsos, como hemos visto muy bien». Hoy lo estamos viendo aún mejor. Urge, sí, recuperar y presentar el verdadero rostro de la fe, y por ello igualmente el de la caridad, pues son inseparables. Lo dice hoy, con su habitual claridad y belleza, el Santo Padre, en esa no menos espléndida Memoria programática, que es su Carta Porta fidei, para abrir este próximo Año de la fe:
«La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe, podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis: estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que Él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia».
La Iglesia, en efecto, es insustituible.