Julia, de 52 años, profesora con tres hijos de 22, 17 y 11 años, perdió a su esposo en un accidente hace un año. Se desahoga y me cuenta su proceso de duelo. Los primeros tiempos fueron de desconcierto por la inesperada muerte de Daniel, con el que llevaba 25 años casada: «De repente un hachazo parte mi vida. Cuando llegaba a casa se me hacía muy duro no encontrarle; al retirarme a mi habitación sentía un profundo vacío. Me sostenía el cariño de mis hijos y la preocupación por sacarlos adelante».

Poco a poco, «con los chicos, fuimos elaborando momentos y gestos que nos ayudaban a presentir su presencia. En fechas significativas, en torno a la mesa familiar, recitábamos la oración de bendición que él rezaba antes de las comidas. El segundo domingo de mes visitábamos su tumba para llevar flores, guardar un momento de silencio y recitar el padrenuestro, pidiendo que Él le tenga acogido en su Reino y nos dé a nosotros el consuelo. En la Misa del domingo, en el momento de la comunión, sentía un estremecimiento porque, en la experiencia de unión con Jesucristo, me sentía en profunda comunión con Daniel».

Para ampliar la perspectiva de su experiencia, le recordé el proceso vivido por los discípulos de Jesús. Tras los momentos de desconcierto, iluminados por la promesa de su Resurrección, le van percibiendo en ocasiones y gestos muy concretos. Como compañero que les sale al camino, comparte su mesa y les reenciende el corazón. Se hace presente a María Magdalena, la llama por su nombre y se deja abrazar los pies. Se aparece también a varios discípulos y les indica dónde tienen que echar las redes para una pesca abundante. En todas estas ocasiones aparece la tensión entre la dificultad de ver su presencia pero, cuando ya dicen «es el Señor», desaparece, asumido en otra dimensión, para la casa definitiva del Padre. Este es el camino que recorrer ante la muerte de los seres queridos. Su ausencia no es desaparición definitiva. Seguimos habitados por los que han sido carne nuestra y ahora son cuerpo espiritual transido por el hálito divino.

Jesús García Herrero
Capellán del tanatorio M30
Madrid