Hoy, fiesta de San Joaquín y Santa Ana, recordamos la importancia de los mayores. Los héroes de la crisis, olvidados en verano
Los mayores están siendo el gran colchón de las familias españolas frente a la crisis, a menudo al precio de un gran sacrificio personal. Entre los nuevos usuarios de los comedores sociales, hay muchos ancianos, económicamente exhaustos, por tener que alimentar a hijos y nietos. La sociedad entera tiene una deuda de gratitud hacia ellos. Pero llega el verano, y muchas familias aparcan a sus mayores en residencias, o los abandonan en casa, para no cargar con ellos durante las vacaciones
Los geriatras de un hospital valenciano no daban crédito a lo que estaban presenciando: el caso de una anciana que, en las últimas semanas, había perdido seis kilos «al no comer, porque nadie le ponía un plato de comida delante». La razón del abandono era que su hijo se había marchado de vacaciones.
Ocurrió hace unos días, pero no se trata de un hecho aislado. En verano, muchas familias se marchan de vacaciones, y dejan solos en casa a los ancianos, porque no hay dinero para pagar un centro de día o una residencia.
Es una práctica común, no sólo en España. Lo denuncia, desde Roma, el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa: «No se puede abandonar a su suerte, o aparcar en un hospital, a un anciano que se tiene al propio cargo, para disfrutar sin molestias de las vacaciones».
Sobre ello se pronuncia también el Defensor del Mayor de Valencia, don José Pelegrí: «Las familias tienen dos problemas en vacaciones, el perro y el mayor, que en algunos casos se considera una pieza molesta que entorpece las vacaciones. Y eso es una brutalidad».
Solos durante todo el año
El señor Peligrí resalta también que «el principal problema de los ancianos es la soledad. Y en verano, esta soledad se incrementa». Entididades como la Fundación Amigos de los Mayores proponen varios programas veraniegos para acompañar a los ancianos durante las vacaciones, pero, como señala don Beltrán Uriarte, coordinador de voluntarios, la soledad del verano «es más una percepción subjetiva que real». ¿El motivo? «Los ancianos están solos siempre: septiembre no es diferente de julio», afirma. La razón de que ahora esto se perciba como un problema mayor es que hay momentos del año, como Navidad o el verano, cuando «nos solemos relacionar más con la familia y los seres queridos. Y como los ancianos que viven solos esos lazos no los tienen, la sensación subjetiva puede ser el sentirse un poco más solos, pero el problema está todo el año», explica.
Los grandes héroes de la crisis
Considerar a nuestros mayores como un problema, o una carga, es ahora, más que nunca, toda una paradoja, además de una injusticia. Ellos están siendo los grandes colchones de las familias en los momentos más duros de la crisis. Lo ha recordado el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, en una charla a las familias: los abuelos «son el gran apoyo de las familias», hasta el punto de que se les pide hoy, a menudo, «una ayuda excesiva» en lo referente a la educación y el cuidado de los nietos.
Pero la ayuda de los ancianos va hoy, en España, mucho más lejos que la educación de los nietos. Ana Sofi Telletxea, responsable de Investigación y Gestión del Conocimiento de Cáritas Bilbao, resalta que, con la crisis, «cada vez hay más familias que no pueden sacar adelante económicamente a sus hijos, y son sus padres, los abuelos, los que tienen que sostenerlos de nuevo».
No es cosa sólo de ahora, añade. Cuando la economía iba bien, muchos mayores prestaron el aval necesario para la hipoteca de sus hijos. Esto ha provocado situaciones dramáticas. Al no poder pagar los hijos al Banco, muchos ancianos tienen la pensión embargada, o incluso han sido desahuciados de sus viviendas. Y entre la necesidad de ayudar a los hijos en paro y los embargos, en los últimos meses, Cáritas Bilbao detecta que hay un porcentaje creciente de personas mayores que acude a los comedores sociales.
Cada día a las 12 horas, doña María Luisa, una anciana de 82 años, espera a la puerta de un comedor social del Distrito Centro de Madrid. Lleva una bolsa de plástico y, dentro, envases herméticos para rellenar con la comida ya hecha que le puedan ofrecer: «No quiero que mis nietos vengan a comer aquí, hay que entenderlo, son muy pequeños», explica la mujer, que paga con su mínima pensión la comida que alcance, la ropa y los libros para que sus nietos puedan estudiar, y ayuda a llegar a fin de mes a su hija, que se quedó en el paro hace dos años y no tiene con qué pagar la hipoteca y las facturas de la casa. «Yo me puedo valer por mí misma, pero volví a casa para tener menos gastos y poder ayudarla a ella», reconoce.