Cree el lehendakari, Patxi López, que el perdón es «un concepto cristiano, que igual no es necesario» en el actual marco político vasco. Una portavoz de la antigua Batasuna había dicho días antes que la idea de perdón pertenece «al terreno de la religión» y se corresponde con «un discurso de confesionario». Y algo de verdad hay en las palabras de ambos… No es que el cristianismo haya inventado el perdón; todo hombre nace dotado de la capacidad natural de perdonar, pero, sin haber leído el Evangelio, no se puede saber en qué consiste realmente eso, y a quienes nos llamamos occidentales, es la Iglesia la que nos ha enseñado históricamente a perdonar. Lo problemático es que el lehendakari socialista y el entorno de ETA coincidan en esa idea del perdón como lujo prescindible. ¿Puede el hombre vivir con el alma envenenada de rencor? ¿Pueden una víctima, o la sociedad en su conjunto, pasar sin más página del terrorismo, como si jamás hubiera habido asesinatos? ¿Puede un pacto político con los terroristas decretar la memoria y el olvido selectivos? Justicia, bien y mal, compasión, reconciliación, al fin y al cabo, también son —desde esa lógica— conceptos cristianos, de confesionario…
¿Puede Europa vivir de espaldas al Evangelio? La polémica deja en evidencia cuántos valores que nos preciamos en profesar se disuelven como azucarillos en el agua si desaparece el sustrato cristiano del que se nutrían. Lo vemos en la actual crisis económica. Recuerda el Rabino Jefe del Reino Unido, Lord Sacks, el origen judeocristiano del concepto de con-fianza, etimológicamente fe compartida. ¿Puede funcionar una economía sin confianza?, se pregunta. Sólo fluye el crédito (del latín, Credo: Yo creo), cuando ambas partes comparten presupuestos morales.
Ésta es la Europa postcristiana. Ante la crisis que azota al continente, ha advertido el Papa, no se discute la necesidad de «valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad hacia los pobres…» Pero falta «la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios». Es así de sencillo: algunos llevan décadas perforando los cimientos de nuestro edificio, y ha llegado ahora una tormenta que amenaza con derribarlo. Pero, incluso sin tormenta, el colapso hubiera sido sólo cuestión de tiempo.