Hader apenas tiene 5 años, y aunque lleva ya unos meses viniendo al colegio, todavía no ha dicho una sola palabra. Cada mañana al verle le saludo, confiando en que hoy sea el día, pero no he tenido suerte aún. Es un chico inteligente que sigue bien las clases y juega con sus amigos en el patio, pero no quiere hablar. Y yo me pregunto qué habrá vivido Hader a su corta edad para que haya decidido que es mejor cerrar la boca y callar, para que crea que no merece la pena hacer el esfuerzo.

Su hermana, Jana, también estuvo con nosotros. Ella sí hablaba, pero tenía los ojos tristes. Consiguió inscribirse en un colegio público y por las tardes viene a recoger a Hader. Sus padres son jóvenes, más jóvenes que yo, pero sus rostros han envejecido más rápido. Quizás por la guerra, quizás por tener que dejar toda su vida atrás y salir a otra tierra en busca de oportunidades para su familia. Son muy educados y se ve que se preocupan por sus tres hijos, pero también ellos cargan con una cruz en el silencio de sus corazones. Qué injusto es a veces el mundo si a tan corta edad los niños están obligados a soportar semejantes cargas.

Hader hablará pronto, estoy seguro. La cuestión es lo que dirá, si encontrará aquello que merece la pena ser contado. Quizás no ha dicho nada todavía porque piensa que para hablar de odio y dolor es mejor estar callado. La guerra es cruel y deja heridas profundas, pero más poderoso aún es el amor y el perdón. Por eso no pierdo la esperanza y, cada día al verle, le vuelvo a preguntar qué tal está. Por ahora tan solo me mira en silencio. Y sonríe.

Ángel Benítez Donoso
Jesuita. Misionero en el Líbano