Erasmo de Rotterdam (1466-1536) fue uno de los más grandes humanistas y educadores de Europa, siempre en busca de la excelencia intelectual y del progreso ético y cultural. Entre sus numerosos escritos destaca su Lamento de la paz, que la editorial Acantilado recupera en edición de Eduardo Gil Bera. No ha habido época que no se haya visto asediada por los riesgos de los conflictos armados, sujetos, en muchas ocasiones, a intereses particulares empeñados en promover los oscuros mecanismos que la guerra pone en liza. Pero, asegura Erasmo, «quien echa de su lado al amigo muestra ser inhumano; quien vuelve la cara a su benefactor es un ingrato; pero aún más impío es quien desdeña la paz, que merecería todas las alabanzas». En ello se centra este concentrado y ameno texto de Erasmo, en el que afirma que la paz ha sido siempre alabada, tanto por los humanos como por los dioses, como promotora y tutora de todos los bienes habidos en el cielo y en la tierra. El autor apela a nuestra condición racional, capaz, incluso –a pesar de estar rodeados de continuos desastres–, de concebir la idea de Dios: por tanto, una «criatura destinada a la benevolencia y a la concordia». Sin embargo, podemos llegar a ser, de igual manera, las bestias más feroces, y todo a causa de la tentación de obtener riquezas, ver caer al enemigo o conquistar nuevos territorios. Todo ello al precio de la muerte, el deshonor y la venganza. La razón ha de empujarnos a relacionarnos en comunión con nuestro prójimo, pues nos resulta imposible vivir en absoluta soledad. Pero parece existir una Eris (diosa griega de la discordia) «capaz de apoderarse del corazón de los hombres, destruir su natural inclinación a la paz y hacer nacer en ellos la insaciable furia de la guerra». Nos cuenta Erasmo que fue en busca de la tan ansiada paz a casa de los sabios, pero estos se hallaban en puja con otros; también acudió a la religión y comprobó cómo cada dogma intenta sobreponerse sobre el resto; incluso en el retiro monástico encontró envidias y rencores. Más aún: a falta de adversarios, «el hombre lucha consigo mismo» por dominar sus pasiones y desenfrenos.

En este texto, el lector encontrará una bella y meditada reflexión sobre los efectos de la desaparición de la paz en la sociedad: «Se descompone y la vida cristiana perece con ella». Buen momento para escuchar la voz de este sabio, que apela, siempre, al amor que late en cada corazón humano: «La cruz es el símbolo de quien venció muriendo, no luchando».

Carlos Javier González Serrano
Filósofo