La canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II ha sido una gran oportunidad para subrayar la unidad de la Iglesia. En estos tres artículos retrospectivos -del cardenal Bergoglio, a la muerte de Juan Pablo II; del cardenal Montini, futuro Pablo VI, sobre Juan XXIII; y de Joseph Ratzinger, sobre el mismo Papa Roncalli- se percibe que la Iglesia la construyen los santos, y que la santidad no es otra cosa que obediencia y amor a la verdad, a Cristo y a la Iglesia

Coherencia

Juan Pablo simplemente fue coherente, nunca engañó, nunca mintió. Juan Pablo se comunicó con su pueblo, con la coherencia de un hombre de Dios, con la coherencia de aquel que todas las mañanas pasaba largas horas en adoración, y porque adoraba se dejaba armonizar por la fuerza de Dios. La coherencia no se compra, la coherencia no se estudia en ninguna carrera. La coherencia se va labrando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta. Sin mentiras, sin engaños, sin doblez. Pero era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios. Dejó que creciera en su alma esa actitud obediencial que tuvo nuestro padre Abraham y todos los que lo siguieron.

Fue un hombre que avala con su vida entera, con su transparencia, aquello que predica. Este coherente que, por pura coherencia, se embarró las manos. Este coherente que gozaba tomando a los chicos en brazos porque creía en la ternura. Este coherente que, más de una vez, hizo traer a los hombres de la calle, de la Plaza Risorgimento, para hablarles y darles una nueva condición de vida. Este coherente que, cuando se sintió bien de salud, pidió permiso para ir a la cárcel a hablar con el hombre que había intentado matarlo.

Agradecemos que haya terminado su vida así, coherentemente, que haya terminado su vida siendo simplemente eso: un testigo fiel.

Cardenal Bergoglio
en la misa en memoria de Juan Pablo II, el 4 de abril de 2005, en la catedral de Buenos Aires,
recogido en el Corriere della Sera


Lucha y santidad

La gran figura del Papa Juan supone un enigma en muchos aspectos. Creó un nuevo modelo conciliar y dio un giro hasta entonces impensable en la historia de la Iglesia del siglo XX. Quien es capaz de actuar de una forma tan directa, personal y libre no es un párroco rural que, de pronto, se ha visto encumbrado por casualidades de la Historia, que no sabe lo que hace. No; es alguien que forma parte de esos pocos que son verdaderamente grandes, que rompen todos los esquemas.

¿Dónde se hunden las raíces de esa grandeza? Lo más sorprendente es que la raíz principal se remonta a la época del seminario, oculta tras un escrito del 16 de enero de 1903, donde se produce un giro dramático en la lucha por la santidad personal, que queda reflejado en las anotaciones de su Diario. El joven seminarista escribe: «De tanto tocarlo con la mano, me he convencido de algo: de lo falso que es el concepto de santidad aplicado a mí mismo que me he formado. Yo no soy san Luis, ni debo santificarme como lo hizo él, sino mi propio ser distinto, mi propio carácter». La fuerza de la experiencia que se aprecia tras estas palabras es inequívoca; en ella podemos advertir la conversión auténtica de Roncalli, que hizo del buen seminarista ese gran hombre que el mundo aprendió a conocer a partir de 1958.

Todo ello significa que la idea de aggiornamento no se refería en primer término a cuestiones de dogmática teológica, ni al cambio o la renovación de la Iglesia, sino que tenía su arraigo en la lucha por una forma verdadera de santidad. Sólo a partir de este centro se puede entender concretamente esta intuición decisiva para la verdadera comprensión del Papa Juan. A partir de aquí, se explica aquel optimismo inaudito, que sería mejor describir como espiritualidad de la esperanza, en virtud de la cual, con ocasión de la inauguración del Concilio, puede disentir de aquellos profetas de la desventura, que anuncian siempre lo peor, a los cuales él contraponía sus audaces palabras llenas de esperanza.

Joseph Ratzinger
en Theologische Quartalschrift, de 1968, recogido el domingo pasado en L’Osservatore Romano


Juan XXIII: Bueno, sí; indiferente, no

¿Por qué desde todas partes se llora su muerte?» El sujeto es Juan XXIII; y quien responde a la pregunta es el cardenal Montini, que durante la agonía de Roncalli habla a los jóvenes de Acción Católica sobre el pensamiento del Papa que muere. Para el cardenal arzobispo de Milán, el Papa «nos ha hecho ver que la verdad -la religiosa, en primer lugar-, tan delicada, tan difícil, tan exigente, no está hecha para dividir a los hombres o para introducir en nosotros la controversia y el conflicto, sino para atraernos a una unidad de pensamiento, para servir a todos con cuidado pastoral, para infundir en el alma de todos la alegría de la vida divina. Ya sabíamos esto, pero él nos ha hecho disfrutar de la experiencia, nos ha dado esperanza, nos ha prometido la plenitud».

Durante las semanas de la conclusión del Concilio, toma algunos apuntes: «Se hace daño, y grave daño, a la memoria del Papa Juan atribuyéndole ideas y actitudes que él no tenía. Que él era bueno, sí; que era indiferente, no. Le preocupaba la doctrina, porque temía los peligros. En cuanto a la comprensión del mundo moderno, me parece estar en las huellas del Papa Juan; quizá nuestra vida no tiene otra nota distintiva que el amor a nuestro tiempo, a nuestro mundo, a cuantas almas nos hayamos podido acercar, en la lealtad y en la convicción de que Cristo es necesario y verdadero».

Cardenal Montini
recogido en L’Osservatore Romano el pasado 27 de abril