No es un gadget más de los tantos que han producido los yanquis. El rosario del fútbol responde a la más pura ortodoxia y se vende en las iglesias y en las librerías católicas de Nueva York o Miami. Concretamente yo lo he adquirido en el monasterio español San Bernardo de Claraval, el monasterio del siglo XII que Williiam Randolph Hearst compró en 1925 en Segovia y que, una vez numeradas todas sus piezas, fue trasladado a los Estados Unidos. Hoy el monasterio es objeto de culto y admiración en Florida.

Lo único que distingue a este rosario tan peculiar es que las cincuenta cuentas de los cinco misterios son cincuenta balones de fútbol que los adicionados pueden desgranar para pedir a la Virgen de su devoción, entre otras cosas más importantes, que ayude a su equipo de fútbol en el próximo encuentro. Esta novedad en el culto mariano, en mi opinión, está bien lejos de tanta parafernalia como suele rodear en todo el continente americano a la imaginería de tantas vírgenes como allí se veneran cuando no se utilizan en dudosas prácticas a cargo de santeras.

El rosario del fútbol puede ser ir para fomentar esta práctica de oración. Si «Dios escribe derecho con renglones torcidos»–y sobre esos renglones escribió una de sus mejores novelas Torcuato Luca de Tena– quizá el rezo del rosario puede volver a popularizarse gracias a este objeto.

En la difusión del rosario en España, curiosamente, desempeñó un papel muy importante no Torcuato pero sí su hermana, periodista también, María Luisa Luca de Tena, que secundada por una hermana mía, llevó la organización de la Cruzada del Rosario en el ya lejano 1958. Esta Cruzada, que promovió el rosario en familia, fue creada en Norteamérica por el sacerdote Patrick Payton y tuvo en todo el mundo, pero sobre todo en España, un éxito desbordante con el lema Familia que reza unida permanece unida.

Se admite que las concentraciones de católicos que logró Payton solo han superadas por los Papas. Concretamente, el acto de clausura en Barcelona de la Cruzada del Rosario en Familia reunió a 800.000 personas. Más que en cualquier ciudad de Norteamérica. Hoy sería imposible igualar esa cifra en la Ciudad Condal a no ser que los culés quisieran rezar todos juntos el rosario del fútbol para que la Moreneta se convierta en la jugadora número 12.

Una cosa es clara: que el rosario tiene misterios para todas las ocasiones. Junto a los misterios gloriosos y los gozosos, también hay los dolorosos. De todo hay, como en la viña del Señor, en el fútbol.

Alfredo Amestoy