Pier Luigi Maccalli: el misionero que no dejó de rezar ni un día por sus captores - Alfa y Omega

Pier Luigi Maccalli: el misionero que no dejó de rezar ni un día por sus captores

Retenido por yihadistas durante más de dos años en Níger, el sacerdote italiano ha compartido ante los micrófonos de Radio María cómo fue aquel tiempo. «María y el Espíritu han sido mis compañeros en la prisión», ha dicho

Redacción
Imagen de archivo del padre Pier Luigi Maccalli. Foto: Vatican News

Más de 730 días. Más de 17.520 horas. Más de dos años. Es el tiempo que el padre Pier Luigi Maccalli, misionero italiano de la Sociedad de Misiones Africanas en Níger, permaneció secuestrado por yihadistas vinculados a Al Qaeda. Ni uno solo de esos días dejó de rezar por ellos. El seguimiento del Evangelio tiene una «dimensión difícil, yo lo he comprobado por mí mismo», pero «con todo el corazón dije: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen; ayúdame a amar a todos con un corazón grande, con un corazón de padre”». Así lo ha contado desde los estudios de Radio María en España, en el programa Perseguidos pero no olvidados de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada.

«Recuerdo todos los detalles de aquella noche». Era el 17 de septiembre de 2018, en la misión de Bamoanga, a unos 125 kilómetros de Niamey, capital de Níger, cerca de la frontera con Burkina Faso. El padre estaba ya en pijama cuando unos desconocidos se presentaron en la puerta. No desconfió ya que, al tener un dispensario médico, era habitual que la gente acudiera de urgencia a por fármacos. Pero aquella noche fue distinto: «Me encontré con tres fusiles». Los secuestradores lo rodearon, le ataron las manos a la espalda y lo sacaron fuera de la misión, a través del portón. Lo subieron a una moto con los ojos vendados «e inicié este largo viaje, que jamás pensé que fuera a durar tanto».

En italiano, con una voz firme y serena, Maccalli ha asegurado que nunca sintió miedo, aunque «no sabía cómo terminaría esta situación». Tanto, que «me había preparado incluso para morir». El largo tiempo del secuestro fue «de soledad, de silencio». Como Jesús en la cruz, el misionero «le gritaba a Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?». «He llorado pero rezaba siempre; era una oración de lágrimas, una oración del corazón, una oración que se fiaba de este Dios misterioso». Un tiempo de desierto, lo ha definido, que, «si debo decir la verdad, me ha hecho también muchos regalos». El primero, «una fuerte comunión con tantas víctimas inocentes»; el segundo, «el gran silencio: me ha excavado dentro, me ha ayudado a entrar en profundidad y me ha regalado la oración del corazón»; y el tercero, «ir a lo esencial; lo esencial es la comunión, es la relación, es la paz».

En esos momentos de silencio, al padre le venían al corazón las palabras «no temas» y las figuras de María y el Espíritu Santo. «Todos los días rezaba el rosario a María, que desata los nudos como indica el Papa Francisco, y le confiaba mi gran nudo». Y después, rezaba al Espíritu Santo, bajo cuyo patrocinio está la misión. El padre se decía a sí mismo que «María y el Espíritu, cuando se encuentran, hacen grandes cosas»: la encarnación y la Iglesia misionera que nace en Pentecostés. «María y el Espíritu han sido mis compañeros en la prisión».

El Papa Francisco bendice a Maccalli y a sus acompañantes tras su liberación. Foto: CNS

Encuentro con el Papa

El padre Maccalli, Gigi como lo conocen familiarmente, fue liberado en octubre de 2020. Lo único que quería era decirle a su familia que estaba bien y escuchar sus voces. Un mes después, mantuvo un encuentro con el Papa Francisco en el Vaticano, quien ya había manifestado abiertamente la alegría por su liberación en uno de los ángelus. «Para mí fue el encuentro entre la periferia y el centro», ha reconocido el misionero ante los micrófonos de Radio María. «El Papa Francisco invita siempre a la Iglesia a descentrarse y a abrirse a las periferias. Las periferias del Evangelio, del corazón, están en el corazón de Jesús. Me sentí acogido por este padre que acoge las periferias del mundo».

La primera palabra con la que le recibió Francisco fue «mártir». «Es una palabra fuerte», dijo el padre Maccalli, pero entendió lo que el Papa quiso decirle en cuanto a «confesor de la fe», testigo de un Evangelio «que he intentado vivir en todo momento». «Yo soy misionero, mi misión es del corazón, y yo seré siempre misionero donde quiera que el Señor me envíe» aunque, por el momento, el padre Maccalli no ha regresado a Níger. Está bien de salud, espiritual y física, «duermo bien y estoy tranquilo», pero echa de menos a su familia de África, que «está sufriendo muchísimo». «Espero poder volver a abrazar a mi gente, al menos para un saludo. Me vieron desaparecer de manera imprevista, han rezado tanto, han danzado por mi liberación [se emociona], y espero volver para danzar con ellos».

Una «pequeña comunidad cristiana [la suya de Níger] en un mar de personas que viven la fe musulmana», pero solidaria, joven y «muy llena de vida». «Cada celebración es una celebración de la vida hecha con alegría, con esperanza, poniendo en el centro el Evangelio». En este punto, el padre Maccalli ha dado también las gracias por la oración y el sostenimiento económico a tantos benefactores de Ayuda a la Iglesia Necesitada, presente en esos países donde ser cristiano significa ser perseguido por la fe. «La Iglesia nació en la persecución, y la Iglesia es familia, casa de todos, por tanto la solidaridad nos hace a todos hermanos». «Gracias a tantos amigos benefactores –ha continuado– sin los que en la misión no podríamos realizar una proximidad de vida con la gente que necesita la salud, la escuela, el agua. Gracias a tanta gente sencilla que con muy poco ayudan a hacernos cercanos. Nosotros somos la mano en la frontera, pero esta mano está sostenida por hermanos». «Juntos somos Evangelio de proximidad para las personas que sufren», ha concluido.

El padre Maccalli, en su misión, en imagen de archivo. Foto: Vatican News