La comparación es tan fácil que la hemos encontrado escrita en varios periódicos esta semana. Supongo que el titular fácil es una tentación difícil de resistir: el abrazo que hoy sería imposible, venían a decir. Y, en términos víricos, es cierto. Ya hemos escrito en esta sección sobre el miedo, que es una prolongación del hombre, y en cuyo nombre hemos declarado guerras, y hemos perdido trenes y aviones, y hemos dejado pasar oportunidades, y hemos muerto en vida al callar aquel beso que debimos dar. El problema del miedo no es que preceda al dolor, sino que es prolegómeno de la nada. Es la más cruel de las huidas, la más sincera de las traiciones. Ese abrazo de Genovés, restado el análisis político, delató a una España que ansiaba el encuentro. En la calle, en el cine, en la universidad, en el mercado, en la sede del partido o del sindicato. El encuentro necesita un otro al que abrazar sin sospecha. Por eso la imagen icónica de nuestra Transición es una foto en movimiento, una coreografía silenciosa y coral que expresa la más natural de las necesidades humanas, que es el amor.

El problema de nuestro ahora con mascarilla no es que, por un tiempo, debamos mantener las distancias, sino que, a saber por cuántos meses o años nos hemos inoculado el virus de la sospecha. Miramos al otro con recelo. Observamos al vecino desde la terraza y cronometramos sus paseos y medimos la distancia que guarda con los otros y suspiramos con rabia porque ha abierto el pomo de la puerta sin guantes. Vemos en las redes sociales cuatro o cinco fotos y nos liamos a la extrapolación tuitera. En la hoguera de la seguridad estamos quemando, no solo nuestra libertad, sino el natural deseo de encontrarnos con el otro.

Que nadie me malinterprete. No escribo esto desde la calle Núñez de Balboa, ni me mueve atisbo alguno de insurrección civil. Hagamos caso a los científicos y a las autoridades. Pero en ningún decreto ni en ninguna ley está escrita la prohibición de echar de menos. El ansia de volver a vernos se ha convertido en tabú. Nadie se atreve a decir que quiere ver al hermano, al amigo, incluso al cuñado, porque enseguida la tropa de lo políticamente incorrecto te aporrea la conciencia con su ejército de vídeos culpabilizadores. Primero fueron los niños, luego los deportistas y, ahora, cualquiera podemos ser víctimas del nuevo superhéroe de la España confinada: la vieja del visillo. Solo que en esta nueva versión la señora puede amplificar el chisme a golpe de botón.

¿Y quién sale ganador de esta cruzada ciudadana que hemos emprendido contra nosotros mismos? Cada vez que ponemos el dedo acusador en el vecino, alguien en un despacho respira aliviado. Así que, si me permiten, echen de menos a sus padres y a sus hijos y deseen abrazarlos con todas las fuerzas y no se sientan culpables por ello. No era su responsabilidad prever la crisis, ni gestionarla, ni contar a los muertos, ni planificar una desescalada sensata. Que quien tenía ese deber asuma su responsabilidad. La nuestra es echar de menos ese abrazo de ojos cerrados.

Guillermo Vila