Frente a la escalada nuclear, la clave está en «crear relaciones de confianza», decía en Madrid el cardenal Peter Turkson

Un mundo sin armas nucleares. Este es el sueño que persigue la Iglesia desde Juan XXIII, que publicó su célebre encíclica Pacem in terris poco después de la crisis de los misiles de Cuba, que cerca estuvo de provocar un cataclismo atómico. Era de tal calibre la nueva amenaza nuclear que la Iglesia se vio obligada a actualizar su doctrina sobre la guerra justa, que poco sentido tiene ya invocar cuando las consecuencias que se plantean son nada menos que la destrucción del planeta. El Papa Roncalli inauguró un nuevo modo de ejercer el ministerio petrino, que revaloriza la institución del papado como máxima instancia de autoridad moral mundial. Pacem in terris fue la primera encíclica no dirigida solo a los católicos, sino «a todos los hombres de buena voluntad». Es la línea que han seguido desde entonces todo los Papas. Por eso hoy ya no sorprende que una conferencia sobre desarme nuclear convoque en Roma a jefes de Estado y expertos internacionales de todo tipo, pero esto hubiera sido difícil de imaginar antes de abril de 1963. La Pacem in terris –decía en 2012 Benedicto XVI– «es una fuerte invitación a comprometerse en ese diálogo creativo entre la Iglesia y el mundo» en defensa de la paz y de la dignidad del hombre.

Ese diálogo creativo es, en primer lugar, diálogo entre personas. Frente a la escalada nuclear, la clave está en «crear relaciones de confianza», decía el cardenal Peter Turkson, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, al hablar hace unos días en Madrid de la conferencia sobre desarme nuclear que se celebra el 10 y el 11 de noviembre en el Vaticano. Es un planteamiento no exento de riesgos, como el de aparentemente equiparar a las dos partes de un conflicto, pese a que, por ejemplo, una de esas partes sea un tirano que aplasta a su pueblo, que es lo que sucede hoy en Corea del Norte. Pero con la guerra todos perderían. El precio en vidas humanas sería tan elevado que es un imperativo moral buscar por todos los medios posibles vías más racionales de solución de las diferencias. La voz de Juan XXIII durante la crisis de los misiles se reconoce en el discurso de Francisco en medio de lo que él denomina la «Tercera Guerra Mundial a trozos» que vivimos, con Corea del Norte como epicentro.

Alfa y Omega