Más del 80 % de los alumnos con discapacidad están en el sistema ordinario, pero la atención en estos centros deja en algún caso que desear

El Comité de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad vuelve a evaluar a España, a la que en el pasado ha acusado duramente de incumplir la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en particular por «segregar» en centros especiales a los alumnos con discapacidad intelectual. Se trata de un debate encendido, en el que familias, profesionales y asociaciones mantienen notables diferencias, agravadas por la entrada en escena de partidos políticos a favor de uno u otro bando. La polémica, sin embargo, no tiene en realidad tanto que ver con el fondo del asunto, sino con la falta de recursos humanos y materiales para que el sistema educativo sea verdaderamente inclusivo. Puede resultar incluso contraproducente incluir sin proteger, al mismo tiempo, las situaciones de vulnerabilidad que objetivamente se producen.

Como principio general, la inclusión es buena para todos: para el alumno con discapacidad y para el que no la tiene. Convivir en la diversidad es lo natural en el ser humano, que suple sus limitaciones con el desarrollo de nuevas capacidades, muy enriquecedoras también para los demás. La persona anciana instruye con su experiencia al joven; el ciego le permite al vidente descubrir un fascinante mundo interior a menudo inexplorado; las personas con síndrome de Down –que este 21 de marzo celebran su día internacional– son maestras en el arte de crear entornos más alegres y humanos… Sin cuestionar que habrá siempre algunos casos para los que será conveniente un centro especial, ¿por qué no integrar todo eso en la educación? La evidencia empírica muestra además que la innovación pedagógica para atender casos de necesidades especiales termina beneficiando a todos los alumnos.

La buena noticia en España es que más del 80 % de los alumnos con discapacidad están ya dentro del sistema ordinario. La parte no tan positiva –y así lo ha hecho notar la ONU– es que la atención que reciben en estos centros deja en algún caso bastante que desear, razón que explica por qué algunas familias siguen prefiriendo la educación especial como forma de proteger a sus hijos de determinadas situaciones. Es ahí donde habría que focalizar el debate, no en el falso dilema «inclusión sí o inclusión no», a estas alturas prácticamente superado.

Alfa y Omega