En la Navidad –recuerda el arzobispo de Berlín– «celebramos una noche oscura», en medio de la cual «Dios ha llegado»

La Navidad de 2016 quedará asociada al atentado en la Breitscheidplatz de Berlín. Un terrorista golpeó el lunes un mercadillo navideño, un símbolo emblemático de Alemania, país que ha dado ejemplo al resto de Europa en la acogida de refugiados de Siria, Irak o Afganistán. Las tensiones políticas no se hicieron esperar, en lo que se presenta como una larga y tensa campaña electoral hasta septiembre, marcada por el debate sobre la política de acogida de Angela Merkel.

Pero esta Navidad puede tener otro icono: la Misa de Navidad en la catedral maronita de San Elías, situada en lo que hasta hace unos días era la línea del frente que separaba las dos zonas de Alepo. El templo está medio derruido, como buena parte de esta ciudad y de un país todavía en guerra, en el que pasará seguramente mucho tiempo hasta que se cierren las heridas. En ese proceso de reconciliación están especialmente interesados los cristianos, a los que literalmente les va la vida en que se ponga fin a la guerra civil que libran en Oriente Medio sunitas y chiitas, de modo que las distintas comunidades puedan convivir en paz.

Curiosamente, la catedral maronita de Alepo recuerda a un templo situado precisamente en la Breitscheidplatz de la capital alemana: la Gedächtniskirche o iglesia del recuerdo, cuya restauración dejó visible para las futuras generaciones las huellas de los bombardeos aliados al final de la II Guerra Mundial. Este ejercicio de memoria, según hizo ver el arzobispo Heiner Koch tras el atentado, resulta especialmente oportuno en esta Navidad. Porque ese día «celebramos una noche», la noche oscura del pueblo de Israel, en medio de la cual «Dios ha llegado». Ha venido como esa brisa suave que supo reconocer Elías, y que también podemos percibir hoy entre nosotros, a pesar de tantos signos de caos y destrucción. Es necesario actuar para promover la justicia y acabar con la guerra, pero lo que enseña la Navidad –y refrenda continuamente la historia– es que el primer paso es acoger cada uno de nosotros el don de la paz en nuestros corazones.

Alfa y Omega