Editorial: Escuchar y acompañar a las víctimas - Alfa y Omega

La Iglesia tiene una responsabilidad especial ante la violencia doméstica, siquiera porque muchas de las víctimas son sus feligresas

Una de cada ocho mujeres en España sufre o ha sufrido maltrato, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2015 del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Las víctimas no se circunscriben a un determinado grupo. Este problema afecta a todo el espectro social, más allá de la procedencia, estatus socioeconómico o nivel cultural.

La Iglesia tiene una responsabilidad especial ante la violencia doméstica como referente moral en la sociedad pero también porque no es inmune a ella. Muchas de las víctimas son sus feligresas, y muchos de los depredadores se sientan en los mismos bancos en las parroquias. Una simple denuncia en una homilía ayuda a dar visibilidad al problema y a hacer sentir a quien lo sufre que no está sola, cosa que debería ir acompañada de un mínimo de formación en los sacerdotes y agentes de pastoral sobre cómo actuar en estos casos, ya que un mal consejo puede tener consecuencias fatales. Importante sería también contar con más medios para acompañar a estas mujeres. Por un lado, se las bombardea con anuncios animándolas a denunciar, pero cuando dan el paso, la realidad es que se encuentran a menudo solas. La experiencia de no encontrar en su entorno a personas que las escuchen con empatía y den credibilidad a su relato produce una segunda victimización.

Hay que reconocer además que este problema tiene mala prensa en algunos ámbitos católicos, por el hecho de que hacen bandera de él algunos grupos en las antípodas ideológicas. El ejemplo del Papa puede servir de ayuda. Cuando le hacen ver que comunistas y católicos comparten algunos objetivos, en vez de esforzarse en resaltar las diferencias, saluda la coincidencia con un «bienvenidos al club», porque la causa de los pobres se remonta para la Iglesia a muchos siglos antes de Marx. De forma análoga, aunque algún grupo efectivamente utilizara la violencia contra la mujer como argumento para desprestigiar la familia, habría igualmente que agradecer su denuncia, porque pobre defensa de la institución haríamos si ocultáramos esta lacra.

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