Estaba a mi lado. Una maestra comienza a hablar en un grupo de trabajo: «A mi marido le secuestraron los paramilitares, le asesinaron y aún no hemos podido encontrar su cuerpo». Este relato y otros que hablan de alumnos de la misma clase donde uno no quiere estar con otro compañero «porque su papá mató a mi papá», son los que resonaron en un curso sobre reconciliación, organizado por la Fundación SM, dirigido a profesores de Religión de la zona del Meta colombiano, uno de los lugares más castigados por el conflicto armado que ha asolado este país durante 52 años.

Durante esa semana de julio, tuvimos oportunidad de encontrarnos con personas y entidades que trabajan con convicción en los procesos de reconciliación entre las distintas víctimas. El director de la Fundación Reconciliación para Colombia, Leonel Narváez, misionero de la Consolata, narraba cómo solo podríamos hablar de verdadera paz cuando el perdón y la reconciliación aniden en una población enfrentada y en un país dividido. Los acuerdos de paz son una cosa, pero la verdadera paz es otra. La entrega de armas por parte de la guerrilla o prescindir de miles de efectivos militares conlleva la necesaria reinserción de todas estas personas en la esfera cívica y en la convivencia pacífica. La experiencia de acuerdos de paz pésimamente gestionados, como en el caso de El Salvador tras la finalización de su guerra civil, provoca un nuevo nido de violencia social hoy asolado por las maras. Los acuerdos de paz políticos deben desembocar en procesos de reconciliación personales y colectivos.

Nuestra cultura cristiana, tanto en Europa como en Latinoamérica, aseguraba Leonel, no llega a atravesar la capa superficial de una religión acomodada y sin riesgos. El núcleo del Evangelio es la misericordia, el perdón. Y si no entendemos esto, no entendemos nada. Podrá haber perdón sin reconciliación, pero no puede haber reconciliación sin perdón, empezando por el más difícil, el perdón a uno mismo.

En el empeño por crear una cultura de la reconciliación parece básico aunar fuerzas y voluntades para que todas las instituciones que caminan en esta dirección podamos trabajar en red. El Consorcio Educapaz, formado por siete instituciones colombianas, es un primer paso esperanzador para que maestras como las que me encontré y tantas otras víctimas pueden emprender su personal proceso de curación de heridas y de sanación. Se puede vivir con cicatrices cerradas, pero no con heridas abiertas.

Luis Aranguren Gonzalo