El Credo es la carta grande de la doctrina y de la vida cristiana. Pone a Dios como principio de todo, la fuente de las verdades del hombre, el que ha creado el cielo y la tierra, en la que ha hecho la morada del ser humano y ha ordenado su existencia según su designio divino. El hombre y la mujer, en efecto, no son un producto casual de la evolución, sino la señal viviente del poder de Dios; han sido creados y han sido llamados a una misión de sabia responsabilidad hacia la creación, para su bien y su salvación.
Por ello, quien vive sin conocer ni orientarse a Dios se separa de la fuente de la vida. A pesar de que ninguno haya visto a Dios y, aunque podamos conocer su existencia con la capacidad racional que nos ha dado, Él mismo se ha hecho visible y cercano. Para nosotros, la cumbre de la revelación de Dios es Jesucristo, en el que ha tomado realmente rostro, se ha manifestado y ha actuado.
Soy consciente de que buscar a Dios en el rostro humano de Cristo es también ponerse en la perspectiva de esta verdad que nace de un designio de amor, pero que se proyecta en una comunidad, la Iglesia católica, que vive de amor. No se puede separar a Cristo de su Iglesia. Sería no responder a la verdad y, en el fondo, rechazar cuanto el Verbo de Dios nos ha revelado.
Eso ha sido posible porque Cristo, al tercer día, resucitó. La resurrección de Jesucristo no es solamente la verdad central y decisiva de la fe, sino también el comienzo de un nuevo tiempo de la Historia. En el momento en el que Jesús sube al cielo, los suyos no se sienten solos ni abandonados. Están convencidos de que siempre estará presente en medio de ellos, de una forma nueva. Comienza ya, por tanto, en el tiempo de la Iglesia, el reino de Dios, universal, de amor, de justicia y de paz; comienza también la nueva existencia del hombre reconciliado, redimido y regenerado en Cristo, empujado por la gran esperanza suscitada por su muerte y su resurrección.
La característica de la comunidad cristiana en los primeros siglos es el estupor: descubrir a un Dios que ama, y que ha enviado a Jesucristo. La presencia de Cristo en medio de los cristianos creó un ambiente de alegría, de fraternidad y de acogida a quienes aceptaban al Señor.