Conversos, milagros y santos - Alfa y Omega

Releer a George Bernanos termina siempre por ser un toque de atención a un cristianismo conformista. Es frecuente caer en el pesimismo que atribuye todos los males al tiempo presente y refugiarse en la trinchera, que termina por ser ideológica, de un fe sin obras. También puede ser habitual caer en el extremo contrario: desplegar, a modo de orgulloso estandarte, una lista de conversiones o de hechos prodigiosos evocadores del espejismo de que el cristianismo está llamado a reinar en este mundo. Bernanos conoció en la primera mitad del siglo XX estas dos tendencias y las rechazó con firmeza, aun a riesgo de ser criticado e incomprendido.

En la época de entreguerras triunfaban, en literatura y en sociedad, los escritores conversos. Sin cuestionar la sinceridad de las conversiones, Bernanos expresaba su temor de que la conversión llevara a una sensación de falsa seguridad, de confianza en las propias fuerzas. Le preocupaba un cierto orgullo en los conversos que pudiera hacerles olvidar a Quién debían la gracia de su cambio de vida. En contraste, Bernanos nunca se consideró un converso, no solo por proceder de una familia católica, sino porque decía que no había encontrado a Dios sino que Dios le había encontrado a él.

Tampoco le gustaba un cristianismo asentado casi exclusivamente en signos y prodigios. Bernanos subrayó la paradoja de que los milagros pueden golpear el espíritu pero, al mismo tiempo, endurecer el corazón, algo que les ocurrió a unas autoridades religiosas incapaces de reconocer a Jesús como el Mesías. Esas mismas autoridades pedían signos en el cielo para creer, pero si su petición hubiera sido escuchada, o bien habrían mantenido su dureza de corazón o bien habrían creído por efecto del miedo. Vistas así las cosas, el cristianismo no sería diferente de otras religiones fundadas en el temor al castigo. Los hombres serían esclavos y carentes de responsabilidad.

Por el contrario, en una conferencia impartida en 1947 a unas religiosas que seguían el carisma de Carlos de Foucauld, Bernanos señaló: «Dios no ha querido hacernos irresponsables e incapaces de amar, pues no hay responsabilidad sin libertad. El amor es una elección libre o no es nada». Solo en una religión basada en el amor pueden existir los santos. Los santos cristianos asumen los riesgos de la libertad y del amor, los auténticos escándalos de la creación, según Bernanos.

Antonio R. Rubio Plo