La hermana tierra «clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella», escribe el Papa al comienzo de la encíclica Laudato si. «Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla». En los últimos dos siglos, esta lógica ha provocado una degradación del medioambiente sin precedentes. Nos hemos instalado en un modelo productivo insostenible hasta llegar al borde mismo de un punto de no retorno, de un cataclismo universal. «La humanidad del período posindustrial quizás sea recordada como una de las más irresponsables de la historia», afirma Francisco. A nuestra generación, le toca elegir si desea seguir por esa senda, u opta por «ser recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades». El cambio es posible, piensa el Papa, que pese a exponer oscuros diagnósticos sobre el momento actual, nunca pierde la esperanza en la capacidad del ser humano de regenerarse y enmendar sus errores.

La encíclica se dirige no ya «a todos los hombres de buena voluntad», como la Pacem in terris de san Juan XXIII, sino «a cada persona que habita este planeta». La humanidad entera se juega hoy su propia supervivencia. El momento es crítico y Francisco ha escrito una encíclica valiente que, sin entrar en temas reservados a la ciencia, sí aborda asuntos que necesariamente generan controversia, porque cuestionan el modelo de vida en los países ricos o el sistema económico mundial. Ahí se encuadran reacciones histéricas como las que se han producido en algunos sectores de la derecha norteamericana, con la cadena de televisión Fox News, por ejemplo, llamando al Papa «el hombre más peligroso del mundo».

Francisco ha puesto en juego su autoridad moral para demandar a los líderes mundiales soluciones frene al cambio climático. La cumbre de la ONU de final de año en París, que buscará reemplazar el Protocolo de Kioto –ya anticuado e inservible–, ha recibido un importante espaldarazo con este documento.

La encíclica, sin embargo, va mucho más al fondo del problema. «Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha» frente al actual «desenfreno megalómano», escribe el Papa. La Laudato si cuestiona la «confianza irracional» del hombre contemporáneo en el progreso. También hace una feroz crítica al «paradigma tecnocrático» que, de la mano de un capitalismo salvaje, busca maximizar los beneficios económicos a costa de todo y de todos. Ese sistema económico no es producto del azar, sino que se sustenta en los valores y en el estilo de vida hiperconsumista de ese 20 % de la población mundial que posee –poseemos– más del 80 % de la riqueza. Francisco se dirige a cada hombre y a cada mujer de los países del Norte y les conmina –nos conmina– a vivir de un modo más austero. Nuestro comportamiento no sólo está arrasando la naturaleza; priva también a millones de personas en el Sur de lo necesario para cubrir sus necesidades básicas. La injusticia se extiende a las generaciones futuras, que nacerán en un planeta convertido en «un inmenso depósito de porquería».

Vive sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir, decía el lema de la campaña de Cáritas Española para el Día de la Caridad de 2012. También en eso consiste la «conversión ecológica», término acuñado por san Juan Pablo II, que Francisco ha elevado a la categoría de Magisterio de la Iglesia en su nueva encíclica. El reto, en definitiva, es vaciarse de materialismo para llenarse de Dios. Frente a una voracidad consumista incapaz de hacer feliz al ser humano, el Papa invita a descubrir la fecundidad del «descanso contemplativo». Esa contemplación –expone la Laudato si con gran belleza y hondura– ayuda a descubrir en la creación una obra de amor del Padre y, al mismo tiempo, a recuperar la conciencia sobre el sentido de la propia vida, y sobre las consecuencias –en los demás y en la tierra– de nuestras acciones y omisiones.